lunes, 5 de mayo de 2014

Un paseo por el Olimpo VI - Las características comunes a todas las divinidades

Véase antes: V - El peor pecado que se puede cometer contra un dios olímpico: El pecado de Soberbia.



6. Todas las divinidades están sometidas a un destino, Fatum, que se cumple inexorablemente. 


Concepto de Fatum: Es el dios del Destino. En su origen, este vocablo, que se relaciona con la raíz del verbo que significa «hablar» (fari), designaba la «palabra» de un Dios, y, como tal, se aplicaba a una irrevocable decisión divina. El Fatum o Destino, es todo el futuro del universo ya determinado, tanto hombres como mujeres están sometidos a éste destino. Zeus es el que lo conoce y el que vigila para que nada se altere.

La figura de Tetis: Tetis es una divinidad marina, muy atractiva, pero extremadamente fría. El destino ha escrito que Tetis tendrá un hijo más poderoso que su padre.
Poseidón y Zeus, que iban detrás de Tetis, en cuanto supieron del destino de la diosa, no quisieron hacerle un hijo. Así que optaron por encasquetar el marrón a un mortal (como no) llamado Peleo, que, con la ayuda del centauro Quirón, dejó embarazada a la diosa y se casaron.

Zeus (Júpiter) y Tetis, Jean Auguste Dominique Ingres, (1811)

  • Mito de las bodas de Tetis y Peleo:

El monte Pelión vestía aquella mañana sus mejores galas para ser digno escenario de la boda de Peleo, rey de Ptía, y de Tetis, hija de Nereo. Celebrábase esta unión en la estación en que el dorado astro tenía ya enterrado al invierno en las entrañas de la tierra. Las lágrimas de algunas nubes habían humedecido el suelo el día anterior; pero horas antes del enlace el deslumbrante y multicolor arco iris bajó a mirarse en las verdosas aguas del mar.
Hera se preparaba desde muy temprano para la ceremonia. Lavó su cuerpo con ambrosía y, ya limpio de toda impureza, lo perfumó con aceite suave y tan oloroso que su fragancia se extendió por todo el Olimpo. Peinó sus rizos, que fueron a caer en cascada sobre su espalda. Se colocó después un ceñidor, sujetó la túnica sobre su hombro con un hermoso broche de oro, calzó sus pies con sandalias de perlas y se cubrió con un velo nacarado. Así, bellísima, subió junto a Zeus en el carro que la diligente Hebe les tenía preparado.
Acudieron al acto los demás dioses y diosas ofreciendo a los recién casados presentes tan soberbios como los dos caballos inmortales regalo de Poseidón, quién dejó su palacio marino y, acompañado de Anfítrite, llegó surcando el oleaje con su celeste carro; tan interesantes como la lanza de fresno del centauro Quirón.
No sabemos si por olvido o intencionadamente no fue invitada a la boda la diosa Eris, hija de Nix y madre del Hambre. Para vengarse del desaire, Eris urdió un plan destinado a sembrar la discordia entre los asistentes. Se hizo con una manzana del jardín de las Hespérides, presentóse en el banquete en forma de ángel y arrojó sobre la mesa el áureo fruto mientras decía: 
- Esta manzana de oro está destinada a la diosa más hermosa de las aquí presentes.
Destacaron como serias aspirantes al premio la diosa Afrodita, Hera y Atenea; cada una de ellas se consideraba más bella que las demás y, por lo tanto, destinataria del fruto. Se produjo tal disputa que Zeus se vio obligado a intervenir para imponer paz. Se hizo el más profundo silencio al escuchar la voz del esposo de Hera: 
- Que sea el joven Paris (un mortal, como no) quien decida.
Hermes, el dios viajero con petaso y pies alados, fue el encargado de localizar a Paris; lo encontró junto a sus ovejas y lo trasladó raudo ante los invitados del banquete. El dios del rayo lo había escogido como árbitro, confiando en que el alejamiento del mundo y la ausencia de divinas pasiones le conferirían imparcialidad en el juicio. Lo cierto es que el muchacho en un principio que turbado ante la belleza de las mujeres y un tanto confuso después por la cuestión que allí se dirimía.
Éste fue el primer concurso de belleza de la historia. Desde ese día, “la manzana de la discordia” quedó rodando por el mundo como frase tipo.

Las bodas de Tetis y Peleo, Jacob Jordaens (1636-1637)

  • Mito del juicio de Paris:
Paris, hijo de Príamo – rey de Troya -, desconocedor de su ascendencia divina, se dedicaba a pastorear rebaños. Su nacimiento fue precedido de un sueño en el cual Hécuba, su madre, se vio a sí misma pariendo una antorcha que incendiaba momentos después la ciudad de Troya. Interpretando el sueño, se le auguró que de su vientre nacería un niño causante más tarde de la desgracia del reino. Terminó el oráculo aconsejando la muerte del recién nacido; pero la esposa de Príamo, incapaz de ordenar el asesinato de su hijo, lo abandonó en una lejana montaña, donde el pequeño fue encontrado por unos pastores que le criaron bajo el nombre de Alejandro, “el hombre protegido”.

El Juicio de Paris, Pedro Pablo Rubens (1639)






Educado en la inocencia de la vida pastoril, ignorante de la perniciosa influencia de otros mundos, Zeus creyó encontrar en Paris el árbitro justo para aquel concurso de belleza cuyo premio era la manzana de oro. En un principio, el pastor quedó absorto ante la belleza de las tres mujeres sin saber por cuál decidirse. Las tres diosas, Hera, Atenea y Afrodita, comenzaron a desvestirse para mostrar al desnudo sus encantos. Además, hicieron uso del soborno: la primera, como esposa del gran dios, ofreció a Paris el poder; Atenea, diosa de la guerra y también de la inteligencia, le brindó sabiduría; el cariño y la pasión de Helena, la mujer más hermosa de la tierra, le fueron ofrendados por Afrodita, como diosa del amor.
El príncipe-pastor posó su vista en cada una de las diosas, las tres esperaban anhelantes su decisión: Atenea había dejado sobre el suelo el casco y el escudo de guerrero; los ojos redondos de su lechuza presagiaban la derrota. Hera se dejaba acompañar por su pavo real, que en esta ocasión no abría el abanico de sus plumas para mostrar su maravilloso irisado, ¡mala señal para su ama! Junto a Afrodita retozaban dos amorcillos: mientras uno abrazaba su pierna, el otro le aguardaba la victoria colocando sobre su cabeza una corona. Paris se adelanta, coge el áureo fruto de las manos de Hermes – el dios viajero – y lo pone en las de la diosa del amor. El gesto de desencanto es elocuente en el rostro de las otras dos beldades.
El fallo fue justo, la belleza de la ganadora superaba con mucho la de Hera o Atenea; pero Afrodita tendría que cumplir lo prometido. La mujer más hermosa de la tierra era en aquellos momentos Helena, la esposa de Menelao, rey de Esparta. Paris veía en ello un inconveniente poco menos que imposible; pero la diosa, inconsciente de las catástrofes que su consejo podía acarrear, le dijo tranquilamente:
- Ráptala, yo te ayudaré a hacerlo.
Meses después zarpó Paris hacia Esparta. Por espacio de nueve días fue agasajado en la mansión de Menelao y al décimo, aprovechando que éste viajó a Creta para rendir honras fúnebres a su abuelo paterno, persuade a Helena a huir con él. Ella, dejando atrás a Hermíone, su hija de nueve años, y habiendo transportado las más de sus riquezas, se embarca de noche en su compañía. Si bien consiguieron escapar de los barcos griegos que los perseguían, no lograron vivir en paz. Las diosas despechadas del concurso insuflaron venganza en los corazones de los helenos que, acaudillados por los héroes Aquiles, Ulises, Diomedes, Ayax, Néstor y Agamenón, se dirigieron a Troya y le pusieron en su sitio. Diez años duró el asedio, en el que participó el propio Menelao. Se distinguieron también en la defensa, esforzados guerreros como Eneas o Héctor.
Habían caído muchos hombres en ambos bandos, cuando un mal día apareció en la puerta de la ciudad un enorme caballo de madera, con ruedas en sus patas. Algunos pensaron que era un regalo de los dioses; otros que los enemigos, hartos de la guerra, querían sellar la paz con este regalo, Laocoonte, sacerdote troyano, les advirtió: 
Timeo Danaos et dona ferentes: no confiéis en los griegos aunque aparezcan con un presente.


Laocoonte y sus hijos, Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas, (siglo III -II a. C.)

Según el mito de la guerra de Troya, el sacerdote troyano Laocoonte advirtió a sus conciudadanos que no se fiaran del caballo de madera (lleno de soldados griegos) ofrecido por los griegos al dios Poseidón en una supuesta retirada. De repente, dos serpientes enormes salieron del mar y lo matan junto a sus dos hijos. Los troyanos lo interpretaron como un castigo divino y entraron el caballo a la ciudad, tal como Sinó, un espía griego, les había sugerido, diciendo que era un regalo de la diosa Atenea y que si no lo aceptaban, Troya sería destruida. Sobre el motivo de la muerte de Laocoonte hay dos versiones. Según la mitología griega, Laocoonte era un sacerdote de Apolo, y el castigo no tubo ninguna relación con la guerra, sino porque se casó en contra de las ordenes del dios.

Pero en la versión explicada en la Eneida por el poeta romano Virgilio, fue Atenea (partidaria de la victoria griega) quien envía las serpientes para convencer a los troyanos de la verdad de la historia de Sinó.

Continuación en: LA ILIADA - Homero

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