6. Todas las
divinidades están sometidas a un destino, Fatum, que se cumple
inexorablemente.
Concepto de
Fatum: Es el dios del Destino. En su origen, este vocablo, que se
relaciona con la raíz del verbo que significa «hablar»
(fari), designaba la «palabra»
de un Dios, y, como tal, se aplicaba a una irrevocable decisión
divina. El Fatum o Destino, es todo el futuro del universo ya
determinado, tanto hombres como mujeres están sometidos a éste
destino. Zeus es el que lo conoce y el que vigila para que nada se
altere.
La figura de
Tetis: Tetis es una divinidad marina, muy atractiva, pero
extremadamente fría. El destino ha escrito que Tetis tendrá un hijo
más poderoso que su padre.
Poseidón y Zeus,
que iban detrás de Tetis, en cuanto supieron del destino de la
diosa, no quisieron hacerle un hijo. Así que optaron por encasquetar
el marrón a un mortal (como no) llamado Peleo, que, con la ayuda del
centauro Quirón, dejó embarazada a la diosa y se casaron.
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| Zeus (Júpiter) y Tetis, Jean Auguste Dominique Ingres, (1811) |
- Mito de las bodas de Tetis y Peleo:
El monte Pelión
vestía aquella mañana sus mejores galas para ser digno escenario de
la boda de Peleo, rey de Ptía, y de Tetis, hija de Nereo.
Celebrábase esta unión en la estación en que el dorado astro tenía
ya enterrado al invierno en las entrañas de la tierra. Las lágrimas
de algunas nubes habían humedecido el suelo el día anterior; pero
horas antes del enlace el deslumbrante y multicolor arco iris bajó a
mirarse en las verdosas aguas del mar.
Hera se preparaba
desde muy temprano para la ceremonia. Lavó su cuerpo con ambrosía
y, ya limpio de toda impureza, lo perfumó con aceite suave y tan
oloroso que su fragancia se extendió por todo el Olimpo. Peinó sus
rizos, que fueron a caer en cascada sobre su espalda. Se colocó
después un ceñidor, sujetó la túnica sobre su hombro con un
hermoso broche de oro, calzó sus pies con sandalias de perlas y se
cubrió con un velo nacarado. Así, bellísima, subió junto a Zeus
en el carro que la diligente Hebe les tenía preparado.
Acudieron al acto
los demás dioses y diosas ofreciendo a los recién casados presentes
tan soberbios como los dos caballos inmortales regalo de Poseidón,
quién dejó su palacio marino y, acompañado de Anfítrite, llegó
surcando el oleaje con su celeste carro; tan interesantes como la
lanza de fresno del centauro Quirón.
No sabemos si por
olvido o intencionadamente no fue invitada a la boda la diosa Eris,
hija de Nix y madre del Hambre. Para vengarse del desaire, Eris urdió
un plan destinado a sembrar la discordia entre los asistentes. Se
hizo con una manzana del jardín de las Hespérides, presentóse en
el banquete en forma de ángel y arrojó sobre la mesa el áureo
fruto mientras decía:
- Esta manzana de
oro está destinada a la diosa más hermosa de las aquí presentes.
Destacaron como
serias aspirantes al premio la diosa Afrodita, Hera y Atenea; cada
una de ellas se consideraba más bella que las demás y, por lo
tanto, destinataria del fruto. Se produjo tal disputa que Zeus se vio
obligado a intervenir para imponer paz. Se hizo el más profundo
silencio al escuchar la voz del esposo de Hera:
- Que sea el
joven Paris (un mortal, como no) quien decida.
Hermes, el dios
viajero con petaso y pies alados, fue el encargado de localizar a
Paris; lo encontró junto a sus ovejas y lo trasladó raudo ante los
invitados del banquete. El dios del rayo lo había escogido como
árbitro, confiando en que el alejamiento del mundo y la ausencia de
divinas pasiones le conferirían imparcialidad en el juicio. Lo
cierto es que el muchacho en un principio que turbado ante la belleza
de las mujeres y un tanto confuso después por la cuestión que allí
se dirimía.
Éste fue el primer
concurso de belleza de la historia. Desde ese día, “la manzana de
la discordia” quedó rodando por el mundo como frase tipo.
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| Las bodas de Tetis y Peleo, Jacob Jordaens (1636-1637) |
- Mito del juicio de Paris:
Paris, hijo de
Príamo – rey de Troya -, desconocedor de su ascendencia divina, se
dedicaba a pastorear rebaños. Su nacimiento fue precedido de un
sueño en el cual Hécuba, su madre, se vio a sí misma pariendo una
antorcha que incendiaba momentos después la ciudad de Troya.
Interpretando el sueño, se le auguró que de su vientre nacería un
niño causante más tarde de la desgracia del reino. Terminó el
oráculo aconsejando la muerte del recién nacido; pero la esposa de
Príamo, incapaz de ordenar el asesinato de su hijo, lo abandonó en
una lejana montaña, donde el pequeño fue encontrado por unos
pastores que le criaron bajo el nombre de Alejandro, “el hombre
protegido”.
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| El Juicio de Paris, Pedro Pablo Rubens (1639) |
Educado en la inocencia de la vida pastoril, ignorante de la perniciosa influencia de otros mundos, Zeus creyó encontrar en Paris el árbitro justo para aquel concurso de belleza cuyo premio era la manzana de oro. En un principio, el pastor quedó absorto ante la belleza de las tres mujeres sin saber por cuál decidirse. Las tres diosas, Hera, Atenea y Afrodita, comenzaron a desvestirse para mostrar al desnudo sus encantos. Además, hicieron uso del soborno: la primera, como esposa del gran dios, ofreció a Paris el poder; Atenea, diosa de la guerra y también de la inteligencia, le brindó sabiduría; el cariño y la pasión de Helena, la mujer más hermosa de la tierra, le fueron ofrendados por Afrodita, como diosa del amor.
El príncipe-pastor
posó su vista en cada una de las diosas, las tres esperaban anhelantes
su decisión: Atenea había dejado sobre el suelo el casco y el escudo
de guerrero; los ojos redondos de su lechuza presagiaban la derrota.
Hera se dejaba acompañar por su pavo real, que en esta ocasión no
abría el abanico de sus plumas para mostrar su maravilloso irisado,
¡mala señal para su ama! Junto a Afrodita retozaban dos amorcillos:
mientras uno abrazaba su pierna, el otro le aguardaba la victoria
colocando sobre su cabeza una corona. Paris se adelanta, coge el
áureo fruto de las manos de Hermes – el dios viajero – y lo
pone en las de la diosa del amor. El gesto de desencanto es elocuente
en el rostro de las otras dos beldades.
El fallo fue justo,
la belleza de la ganadora superaba con mucho la de Hera o Atenea;
pero Afrodita tendría que cumplir lo prometido. La mujer más
hermosa de la tierra era en aquellos momentos Helena, la esposa de
Menelao, rey de Esparta. Paris veía en ello un inconveniente poco
menos que imposible; pero la diosa, inconsciente de las catástrofes
que su consejo podía acarrear, le dijo tranquilamente:
- Ráptala, yo te
ayudaré a hacerlo.
Meses después zarpó
Paris hacia Esparta. Por espacio de nueve días fue agasajado en la
mansión de Menelao y al décimo, aprovechando que éste viajó a
Creta para rendir honras fúnebres a su abuelo paterno, persuade a
Helena a huir con él. Ella, dejando atrás a Hermíone, su hija de
nueve años, y habiendo transportado las más de sus riquezas, se
embarca de noche en su compañía. Si bien consiguieron escapar de
los barcos griegos que los perseguían, no lograron vivir en paz. Las
diosas despechadas del concurso insuflaron venganza en los corazones
de los helenos que, acaudillados por los héroes Aquiles, Ulises,
Diomedes, Ayax, Néstor y Agamenón, se dirigieron a Troya y le
pusieron en su sitio. Diez años duró el asedio, en el que participó
el propio Menelao. Se distinguieron también en la defensa,
esforzados guerreros como Eneas o Héctor.
Habían caído
muchos hombres en ambos bandos, cuando un mal día apareció en la
puerta de la ciudad un enorme caballo de madera, con ruedas en sus
patas. Algunos pensaron que era un regalo de los dioses; otros que
los enemigos, hartos de la guerra, querían sellar la paz con este
regalo, Laocoonte, sacerdote troyano, les advirtió:
- Timeo Danaos
et dona ferentes: no confiéis en los griegos aunque aparezcan
con un presente.
Continuación
en: LA ILIADA - Homero

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