martes, 6 de mayo de 2014

LA ILIADA - Homero

LA ILIADA - Homero, Resumen


Episodio 1: El Fatum.

Tetis sumergiendo a su hijo Aquiles en el río Estigia,
de Antoine Borel (1743-1810).

Se dice que Tetis trató de salvar a Aquiles de
su destino exponiendo al recién nacido a las llamas
 (para consumir su mortalidad) y untándolo
después con ambrosía. Tetis no pudo consumar
el rito, y éste no tuvo efecto.
Está escrito que Tetis, una divinidad marina, tenga un hijo más fuerte que su padre. Peleo, rey de Ptía, recibirá la orden de hacerle el amor a Tetis, y, aconsejado por el centauro Quirón, atrapará a Tetis en una red hasta que entienda que él ha de ser el padre de sus hijos. El hijo de ésta unión será Aquiles.












Episodio 2: La boda de Tetis y Peleo.

Tetis y Peleo se casan, y a la boda invitan a todos menos a Eris, diosa de la discordia, y ella, ofendida, se presenta al convite en forma de ángel y tira sobre la mesa una manzana de oro, que previamente había cogido del jardín de las Hesperides, con una inscripción “para la diosa más bella”.


The Garden of the Hesperides de Frederic Leighton, (1892)

Se perfilan tres candidatas, Hera, Atenea y Afrodita. Zeus, que ya sabe quien es la más bella, coge la manzana y cuando se la va a dar a Afrodita, se encuentra con la mirada su mujer, Hera que le dice (ni se te ocurra o ya verás). Como Zeus tiene un poco de miedo a la mirada de su mujer decide que será un mortal quien decida, Paris.



El banquete de las bodas de Peleo, de sir Edward Brune Jones (1872-1881). Eris, diosa de la discordia, asistió a las bodas de Peleo. Conocida como instigadora de conflictos, incitadora de celos y odio, se le atribuye la creación de divinidades abstractas como el Hambre, el Dolor y el Olvido.















Episodio 3: El juicio de Paris.

The Judgement of Paris de Jacques-Louis David (1788).
Paris no podía quitarse de la cabeza la idea de conquistar
el amor de la mujer más hermosa del mundo.
Afrodita cumplió su promesa prestándole
su protección y ayuda para raptar a la bella Helena. 
Las tres diosas acompañadas por Hermes (mensajero de los dioses) se presentan delante de Paris, que en teoría es un pastor inocente pero en realidad es un príncipe troyano. (La madre de Paris había soñado, mientras estaba embarazada de Paris, que pariría antorchas que quemaban toda Troya, y un oráculo interpretó el sueño, diciéndoles que cuando naciera el niño tendrían que matarlo. 
Hécuba no quiso matar a su hijo y lo dejó abandonado en un bosque con la esperanza de que alguien lo encontrara y lo cuidara).
Las tres diosas intentan sobornar a Paris. Hera le promete poder, Atenea le promete sabiduría y Afrodita le promete Helena, la mujer más hermosa del mundo. Es hija de Zeus y Leda (Zeus la poseyó transformado en un cisne). 

Paris le da la manzana a Afrodita, con la cual se gana el favor eterno de la diosa, pero también el odio eterno de Atenea y Hera.


Helena de Troya, Evelyn de Morgan (1855-1919).

















Episodio 4: El rapto de Helena.

Afrodita le ha prometido Helena y debe cumplir su palabra. Consigue que en Troya reconozcan a Paris como príncipe. Más tarde, Paris emprende un viaje a Esparta en una misión diplomática, porque Helena no es una mujer libre, está casada con Menelao, rey de Esparta, y tienen una hija, Hermíone.
Afrodita presenta Paris a Helena y se enamoran. Paris se lleva a Helena a Troya. Helena deja atrás a su marido y a su hija, pero se lleva el tesoro de Esparta que es suyo. Menelao convoca a todos los príncipes griegos, para ir a Troya, en busca de Helena, el tesoro de Esparta y para vengar su humillación.

Il Ratto Di Elena de Gavin Hamilton (1770).

Episodio 5: ¡Estalla la guerra!

  • Guerreros destacados en el bando griego:
Menelao, Ayax, Ulises, Aquiles, Agamenón (rey de reyes), Diomedes y Néstor (Anciano consejero).

Divinidades a favor: Hera y Atenea.

  • Guerreros destacados en el bando troyano:
Príamo, Paris, Héctor (hermano mayor de Paris) y Eneas.

Divinidades a favor: Afrodita, Apolo y todos sus partidarios.
Los amores de Paris y Helena de Jacques -Louis David (1788)

Los griegos se embarcan en más de mil barcos, llegan a las playas de Troya y comienza la guerra que los troyanos controlan, porque Troya está construida encima de una pequeña montaña y rodeada de siete murallas. Dura diez años la guerra y sólo se acabará cuando Ulises trama un plan para engañar a los Troyanos construyendo un caballo enorme donde se esconden los veinte mejores guerreros griegos y lo dejan en la playa en señal de rendición, desmantelan el campamento, y se embarcan y hacen ver que se van, pero se quedan escondidos en una cala próxima. Los Troyanos, después de varias discusiones, deciden entrar el caballo a la ciudad y celebran la victoria. Cuando Troya está dormida y ebrios de fiesta, salen los guerreros del caballo, abren las puertas de la ciudad y entra todo el ejército, arrasando con todo. Matan a los hombres y a los niños, hacen esclavas a las mujeres y sólo un grupo de fugitivos liderados por Eneas puede escapar de la ciudad en llamas.



Episodio 6: El héroe de la guerra, Aquiles.

Aquiles es un héroe, hijo de una divinidad, Tetis, y un mortal Peleo. En nacer, su madre quiso hacerlo inmortal. Primero, decían que si dejas a una persona en las llamas, si los dioses quieren que sea inmortal no se quemará, pero Aquiles si que se quemó. Segundo, su madre lo sumergió en el pozo del agua sagrada agarrándolo por un pie (ya que la corriente podría llevarse al niño, se decía que si los dioses querían que fuera inmortal quedaría flotando pero que sino se hundiría, y como Tetis ya había tenido suficiente con el fuego, no quiso jugársela).
Aquiles fue inmortal por todo menos por su talón, además que estaba escrito que moriría joven. Fue educado por el centauro Quirón. Cuando Aquiles tiene ya veinte-largos años y es rey de los mirmidones, estalla la guerra y Tetis intuye que morirá en esta guerra, por lo tanto intenta esconderlo disfrazado de mujer y camuflado en el harén de mujeres e hijas del Rey Licomedes.

Ulises se entera que en la corte del rey Licomedes a llegado una mujer que mide un metro más que las otras mujeres. Ulises trama un plan para descubrirlo, dice «iré vestido de comerciante y venderé telas, después, uno de mis hombres del ejército vendrá conmigo y dará la falsa alarma de que hay fuego, sí Aquiles tiene el honor de un guerrero, seguro que corre hacia el incendio a ver a quién hay que salvar», ésta es la conclusión de Ulises, y efectivamente el orgullo de Aquiles de salvar a quien sea lo descubre, cuando el guardia chilla fuego, Aquiles se recoge la falda y saca su espada, y antes de que pueda correr hacia el incendio, Ulises lo para y le dice «¡Ei! Que es mentira... te hemos pillado, ala venga, vayámonos a la guerra».

Ulises trata de convencer a Aquiles, disfrazado de mujer, de que abandone la corte de Licomedes, de Alessandro Tiarini (1577-1668). 
Una vez descubierto, Aquiles estaba ansioso por participar en la batalla. Luchador fuerte y veloz, infundía terror en el corazón de sus enemigos. Se convirtió en almirante de la flota griega con sólo quince años.

Tetis entregando a Aquiles sus armas,
de Giulio Romano (1492-1546).

Hefesto forjó un nuevo juego de armas para
Aquiles como favor a su madre, Tetis.
Siendo Hefesto un niño fue expulsado del cielo
por Hera, y rescatado por Tetis, una nereida, y
su hermana, quienes se encargaron de cuidarlo.
Aquiles es obligado a ir hacia la guerra. Hace falta ir a Troya y Tetis le pide a Hefesto, dios del fuego y la forja, que le haga una armadura para su hijo. Hefesto le fabrica una armadura de calidad y resistencia excepcionales, y una vez en el campo de batalla, Aquiles es el guerrero más temido, mortífero y letal.


Episodio 7: En las playas de Troya.

Cuando ya se ha demostrado que Aquiles es el guerrero más poderoso de todos los griegos, un día Agamenón exige que sea liberada la esclava-mujer de Aquiles, Briseida. Agamenón, no le había quedado más remedio que liberar a Criseida a su padre Crises, sacerdote de Apolo, porque Apolo había enviado la peste al ejército griego, para exigir ésta devolución.
Delante de esta injusticia, Aquiles decide abandonar la lucha y retirarse con su tienda a un punto más alejado de la playa. Con esto, los troyanos ven que Aquiles no sale al campo de batalle, se sienten fuertes y con ganas de luchar contra los griegos. Delante de las derrotas y las continuas bajas, los griegos intentan muchas veces convencer a Aquiles para que vuelva.

Patroclus de Jacques -Louis David (1780)

Patroclo (amante de Aquiles) para ayudar a los griegos, le propone a Aquiles que le deje su armadura para engañar a los troyanos. Aquiles le deja la armadura y Patroclo sale a luchar. Al cabo de pocos días los troyanos perciben que el comportamiento de ésta armadura no es el de antes y el príncipe Héctor se enfrenta y lo mata.

Cuando le retira el yelmo, descubre que el muerto no es Aquiles sino el amante y Héctor aprovecha y le roba la armadura, aunque los griegos consiguen retener el cuerpo de Patroclo. (Resulta que Aquiles es famoso por su mala baba, y nadie quiere ir a darle la noticia de que Patroclo está muerto, así que Agamenón propone enviar a cuatro “idiotas”. Éstos le dan la noticia a Aquiles, le dejan el cuerpo y se van corriendo.
Aquiles contemplando el cadáver de Patroclo,
Giulio Romano (1492-1546).

Aquiles se negó a enterrar el cuerpo de Patroclo, e
incluso a no comer hasta no haber vengado su muerte.
Aquiles cae en una profunda depresión. Tetis intenta animar a su hijo Aquiles, pero Aquiles está lleno de odio y por ello decide volver a la guerra, para vengar la muerte de su amante. Tetis vuelve a la fragua de Hefesto y le pide una nueva armadura para su hijo.

Aquiles vuelve al campo de batalla con un único objetivo: matar a Héctor. Se produce un combate violento; Aquiles mata a todo lo que se mueve y al final se quedan solos, cara a cara, Aquiles y Héctor.
Aquiles observa a Héctor, observa la armadura que antes era suya y sabe que el único punto por donde lo puede matar es por el cuello, apunta con la lanza y dispara, y atraviesa el cuello a Héctor que muere al instante. No contento con eso, Aquiles ata el cadáver de Héctor a su carro y lo arrastra al rededor e Troya. Se lleva el cadáver a su tienda. 
Hector de Jacques-Louis David, ( 1778)


El padre de Héctor, Príamo, el rey de Troya, que es un hombre mayor, tiene el valor de atravesar solo el campo de batalla y a todo el ejército griego, para presentarse en la tienda de Aquiles y pedirle que le devuelva el cadáver de su hijo.
Aquiles se lo devuelve porqué reconoce en Príamo, primero, el respeto por la edad que merece, segundo, la importancia de ser rey de Troya y tercero, la valentía y el coraje que ha demostrado sólo para poder honrar el cadáver de Héctor. Por lo tanto, Aquiles permite que Príamo se lleve el cadáver y además, le concede a los troyanos una tregua de quince días para enterrar dignamente a su príncipe y todos los muertos de Troya.

(En éste punto se acaba la Ilíada, un libro escrito por Homero que narra la cólera de Aquiles)

Al cabo de unos meses en combate, una flecha disparada por París y dirigida por el dios Apolo, se clava en el talón de Aquiles, que le provoca la muerte por desangrarse.

La muerte de Aquiles de Peter Paul Rubens (1577-1640).
Se dice que el llanto y los gemidos de Tetis, las nereidas y las musas por la muerte de Aquiles resultaban tan espeluznantes que los griegos huyeron despavoridos a refugiarse en sus navíos. 

En una asamblea, Zeus prohíbe que los dioses intervengan más en esa guerra, la guerra tiene que terminar, la guerra la ganarán los griegos, porqué así está escrito, y ningún dios puede intervenir ni una sola vez más, y aquí es cuando los griegos idean el caballo de madera y se acaba la guerra.


La construcción del caballo de madera de Troya de Giulio Romano (1492-1546).
Según el poeta Trifidoro (s. V a. de C.), el caballo de madera era un corcel blanco de crines moradas y flequillo dorado. Tenía los ojos de color verde berilo y malva amatista e incluso una dentadura de marfil. Los arreos presentaban incrustanciones de bronce y marfil, también de color morado.


El dolor y los lamentos de Andrómaca sobre
el cuerpo de Héctor de Jacques-Louis Davd (1783)
Héctor → Está casado con Andrómeca y tienen un hijo pequeño, futuro príncipe de Troya, cuando Héctor sale a enfrentarse con Aquiles su mujer le suplica que no vaya porque sabe que morirá. Héctor no le hace caso y sale a luchar. Cuando acabe la guerra, los griegos arrancarán el hijo de Héctor de los brazos de su madre y lo tiran por la muralla, para asegurarse que nadie en un futuro, reclame ser rey de Troya. Andrómeca se queda como esclava y concubina del hijo de Aquiles, Neoptólemo, hijo de Deidamía (hija del rey Licomedes), que casualmente está casado con la hija de Menelao, Hermíone, que es estéril. Neoptólemo tendrá hijos con Andrómeca, con la cual cosa se gana el odio eterno de Hermíone.





Episodio 8: El final.

De Troya destruida salen dos expediciones, la primera es liderada por Ulises (Odisea), ésta es una expedición griega, por lo tanto del bando vencedor y por parte del bando ganador sale Eneas (Eneida).





La guerra de Troya: LA ILIADA
Análisis de los cantos más relevantes

(Todos los poemas épicos empiezan con una invocación a la musa de la poesía Calíope, que es la divinidad que le proporciona inspiración al poeta).
Después de una invocación a al musa, el poeta se propone cantar la cólera de Aquiles.
Insistimos en que la “Ilíada” refiere un episodio particular de la guerra de Troya, que se refleja en los primeros versos:

«Diosa, canta del peleida Aquiles la cólera desastrosa que asoló con infinitos males a los griegos... desde que se separaron disputando el Atreida, rey de hombres, y el divino Aquiles...»

El tema eje de la “Ilíada” puede resumirse así:
Crises, sacerdote de Apolo, va al campo griego con el propósito de liberar a su hija, cautiva de Agamenón. No solamente no lo consigue, sino que es vejado e insultado por este príncipe, lo que le mueve a suplicar al dios Apolo venganza contra sus enemigos. La divinidad acoge las súplicas de Crises y envía una mortal epidemia de peste al campo de Agamenón, que produce una terrible mortaldad.
Enterado de ello, Aquiles convoca una reunión de notables, en la cual, el adivino Calcas, después de conseguir la protección del Peleida, explica a los griegos cual es el origen de sus males, afirmando que el único medio de calmar al cólera de Apolo es devolver a Criseida a su padre, sin pedir rescate alguno. Irritado Agamenón por una fórmula que le desagrada, se enfrenta al adivino, pero sobre todo a Aquiles, al que obliga a que le entregue la hermosa Briseida para compensarle por la pérdida de la hija de Crises.
Este Canto I que comentamos tiene versos de tan singular belleza como la arrogante negativa de Agamenón a Crises:

«- Guárdate, anciano, de que te encuentre nuevamente cerca de las naves abiertas, bien porque vuelvas o porque te retrases ahora, pues ni el creo ni las bandas del dios te protegerán ya. No te entrego a tu hija. La espera la vejez dentro de mis dominios, allá en Argos, lejos de su patria, tejiendo telas para mí y compartiendo mi lecho. Vete, pues, y no me irrites si aspiras a regresar salvo... »

[...]El Canto VI comienza refiriendo un nuevo aspecto de la batalla:

«- Solos, sin el socorro de los dioses, quedaron en la horrenda lid teucros y aqueos; pero no por ello dejaron de seguir cometiéndose e hiriéndose unos a otros con sus lanzas de bronce.»

Es terrible la carnicería de los aqueos a los teucros, quienes retroceden buscando protección en la ciudad.
[…] En el siguiente Canto, VII, se describe cómo la suerte de la guerra se nivela y vuelven a intervenir los dioses.
[…] En el Canto VIII Zeus prohíbe a los dioses luchar a favor de uno u otro bando, amenazándoles con terribles castigos. Luego, sobre su carro, se dirige al monte Ida y desde allí dispone que los aqueos retrocedan ante los teucros. Hera y Atenea se aprestan a ponerse de parte de los que se retiran, pero Zeus manda a Iris a aplacarlas, lo que consigue.
Llegada la noche, se suspende el combate. Héctor arenga a los suyos y manda a los soldados que permanezcan alerta junto a grandes fuegos para que el enemigo no pueda sorprenderles:

«- Vigilaremos toda la noche, y al amanecer cubrámonos con nuestras armas...»

¡Qué hermoso final el del Canto VIII!:

«...Mil hogueras ardían y cerca de cada una hallábanse cincuenta guerreros sentados en torno de la llanura ardiente. Y los caballos comían la cebada y la avena próximos a los carros, esperando a Eos, la del hermoso trono.»

[…] En el Canto XII, los griegos, acostados por Héctor, vuelven a sus atrincheramientos y desde allí se defienden desesperadamente. Los troyanos, ante la imposibilidad de romper las líneas de sus enemigos, dividen su ejército en cinco falanges y atacan por todas partes, sembrando el terror y la muerte.
[…] En el Canto XIV, Hera, temiendo que el favor que Zeus dispensa a los troyanos acabe con los aqueos, decide tender una celada al padre de los dioses y para ello, luego de engalanarse con sus mejores atavíos, pide a Afrodita que le preste su cinturón, a lo que ésta accede. Apenas lo ha conseguido, va en busca del dios del sueño y sume a Zeus en un dulce adormecimiento. Sin la ayuda del dios, Héctor es derribado por una enorme piedra que le arroja Ayax, se desvanece y la lucha cambia de signo. Los griegos recobran bríos y ponen en graves apuros a los hasta entonces vencedores troyanos, quienes, ya en el Canto XV, huyen en desbandada.
[…] En el Canto XVI se nos cuenta que compadecido Patroclo de los griegos pide a Aquiles una y otra vez que corra en su ayuda. Al ver como arde una de las embarcaciones, lo que significa el principio del fin, Aquiles presta a Patroclo parte de sus tropas, lo que da un nuevo rumbo a la lucha. Los troyanos retroceden ante el empuje de tan valerosos refuerzos y llegan hasta sus murallas. Patroclo paga con su vida el haber salvado a los griegos, de un fin inminente y predice la muerte de su matador Héctor, quien se burla de tal profecía.

«Al mirar a Patroclo muerto por los troyanos, el bravo Menelao corrió a las primeras filas armado con el bronce espléndido – Canto XVII -. Y se agitaba en torno del cadáver como en torno del primer becerrillo de su vientre corre una vaca gemebunda que hasta entonces no había conocido el parto... »

El combate es feroz en torno a Patroclo. Son sucesivas las veces en los que unos y otros parecen obtener victoria y, con ella, la posesión del cuerpo del héroe. Al fin, después de una gran mortandad, los griegos consiguen rescatar el cadáver, no sin la intervención de los dioses.
[…] En el Canto XVIII, el dolor de Aquiles es tan terrible que Tetis visitará a Hefesto para que construya nuevas armas al Eácida, que arde en deseos de lanzarse a la lucha, lo que hace que en el Canto XIX luego de prometerle Tetis, su madre, que velará por el cuerpo de su amante Patroclo no se corrompa mientras él combate. […] Aquiles se niega a tomar alimentos en señal de duelo y mientras espera el momento de la batalla llora junto al cadáver de su amante. Zeus, conmovido, envía a Atenea a consolarlo y Aquiles reprocha a los dioses la muerte de Patroclo. Uno de ellos, Xanto, predice a quien les acusa que pronto sufrirá la misma suerte que aquel de quien tantos se apena, pero el héroe responde orgullosamente:

«- ¿Por qué me anuncias la muerte, Xanto? ¿Acaso eso te importa? Ya sé que es mi destino sucumbir aquí, alejado de mi padre y de mi madre, pero no pienso cejar hasta que harte de batallas a los troyanos...»

[…] En el Canto XXI […], encolerizado el Eácida, corre hacia Troya. Héctor aún no ha llegado a las puertas, y al advertir que Aquiles va en su busca, le espera, desoyendo el consejo de quienes le gritan que no se enfrente al invencible caudillo – Canto XXII -. Son apasionantes las peripecias de esta lucha. Héctor, antes de morir, predice la muerte de su vencedor quien, cruel, ata el cadáver a su carro y lo arrastra por la llanura, destrozándolo ante los ojos de los troyanos, entregados a la más viva desesperación.
Es conmovedor el arranque del Canto XXIII en el que Aquiles habla así:

«- Mirmidones de caballos veloces, queridos compañeros. Sin desenganchar de los carros a nuestros caballos de cascos macizos, lloremos a Patroclo porque este es el honor que a los muertos se debe. Y cuando ya el duelo nos sacie, desataremos a nuestros caballos y tomaremos aquí nuestra comida.»

«Habló así y los demás se lamentaban, y Aquiles el primero. Y gimiendo, guiaron por tres veces los caballos de hermosas crines en torno del cadáver; Tetis les acrecía el deseo de llorar. Y en la pena por el héroe Patroclo, las lágrimas mojaban las armas y regaban la arena...»
Troya, llora por Héctor; Aquiles y los griegos, por Patroclo.
[…] En el último de los Cantos, el XXIV, se pone de manifiesto la crueldad de Aquiles que, todos los días, por odio a Héctor, arrastra su cadáver en torno a las murallas de Troya; y también su generosidad y elevados sentimientos al conmoverse por las súplicas y lágrimas de Príamo, padre de Héctor, y permitirle que se lleve a su hijo, a la par que promete una tregua de once días.
La «Ilíada» concluye con los funerales de Héctor, descritos de forma semejante a los de Patroclo...
Conviene insistir que las dificultades de los griegos para ganarse el apoyo de Aquiles proceden, como se ha dicho, de haberle sido arrebatada por Agamenón la hermosa esclava Briseida. Sólo la certeza una total derrota y la muerte de Patroclo le impulsan a participar de nuevo en la lucha.
Digamos, por último, que en este Poema se exalta lo mejor y lo peor de los hombres, sus amores y sus odios, sus compasiones y sus terribles venganzas.
Por ello, y con razón, se ha considerado la «Ilíada» como una de las obras más excelsas producidas por el genio poético de un pueblo en la persona de su poeta más extraordinario.


Janto → Caballo inmortal, hijo del dios del viento Céfiro y de la arpía Celene. También conocido como Xanto. Tenía un hermano llamado Balio, y ambos fueron entregados como regalo por Poseidón a Peleo y Tetis durante su boda. Peleo los regaló más tarde a Aquiles y, después de lucirlos en la batalla, ató a ellos el cuerpo de Héctor. Probablemente Janto era cabalgado por Patroclo y Balio por Aquiles, pues éste le reprochó al primero que hubiera dejado morir a su amante.



Bibliografía: 

HOMERO, LA ILIADA; Prólogo y notas de Juan Alarcón Benito. Ediciopnes Fraile, S. A.
CURTIUS: «L'Histoire Grecque». París, 1868.
DIOGENES LAERCIO: «Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres». Madrid, 1959.


Web-grafía: 

http://www.ecdotica.com/biblioteca/Homero%20-%20La%20Il%C3%ADada.pdf

http://antiqua.gipuzkoakultura.net/pdf/lairadeaquiles_.pdf




lunes, 5 de mayo de 2014

Un paseo por el Olimpo VI - Las características comunes a todas las divinidades

Véase antes: V - El peor pecado que se puede cometer contra un dios olímpico: El pecado de Soberbia.



6. Todas las divinidades están sometidas a un destino, Fatum, que se cumple inexorablemente. 


Concepto de Fatum: Es el dios del Destino. En su origen, este vocablo, que se relaciona con la raíz del verbo que significa «hablar» (fari), designaba la «palabra» de un Dios, y, como tal, se aplicaba a una irrevocable decisión divina. El Fatum o Destino, es todo el futuro del universo ya determinado, tanto hombres como mujeres están sometidos a éste destino. Zeus es el que lo conoce y el que vigila para que nada se altere.

La figura de Tetis: Tetis es una divinidad marina, muy atractiva, pero extremadamente fría. El destino ha escrito que Tetis tendrá un hijo más poderoso que su padre.
Poseidón y Zeus, que iban detrás de Tetis, en cuanto supieron del destino de la diosa, no quisieron hacerle un hijo. Así que optaron por encasquetar el marrón a un mortal (como no) llamado Peleo, que, con la ayuda del centauro Quirón, dejó embarazada a la diosa y se casaron.

Zeus (Júpiter) y Tetis, Jean Auguste Dominique Ingres, (1811)

  • Mito de las bodas de Tetis y Peleo:

El monte Pelión vestía aquella mañana sus mejores galas para ser digno escenario de la boda de Peleo, rey de Ptía, y de Tetis, hija de Nereo. Celebrábase esta unión en la estación en que el dorado astro tenía ya enterrado al invierno en las entrañas de la tierra. Las lágrimas de algunas nubes habían humedecido el suelo el día anterior; pero horas antes del enlace el deslumbrante y multicolor arco iris bajó a mirarse en las verdosas aguas del mar.
Hera se preparaba desde muy temprano para la ceremonia. Lavó su cuerpo con ambrosía y, ya limpio de toda impureza, lo perfumó con aceite suave y tan oloroso que su fragancia se extendió por todo el Olimpo. Peinó sus rizos, que fueron a caer en cascada sobre su espalda. Se colocó después un ceñidor, sujetó la túnica sobre su hombro con un hermoso broche de oro, calzó sus pies con sandalias de perlas y se cubrió con un velo nacarado. Así, bellísima, subió junto a Zeus en el carro que la diligente Hebe les tenía preparado.
Acudieron al acto los demás dioses y diosas ofreciendo a los recién casados presentes tan soberbios como los dos caballos inmortales regalo de Poseidón, quién dejó su palacio marino y, acompañado de Anfítrite, llegó surcando el oleaje con su celeste carro; tan interesantes como la lanza de fresno del centauro Quirón.
No sabemos si por olvido o intencionadamente no fue invitada a la boda la diosa Eris, hija de Nix y madre del Hambre. Para vengarse del desaire, Eris urdió un plan destinado a sembrar la discordia entre los asistentes. Se hizo con una manzana del jardín de las Hespérides, presentóse en el banquete en forma de ángel y arrojó sobre la mesa el áureo fruto mientras decía: 
- Esta manzana de oro está destinada a la diosa más hermosa de las aquí presentes.
Destacaron como serias aspirantes al premio la diosa Afrodita, Hera y Atenea; cada una de ellas se consideraba más bella que las demás y, por lo tanto, destinataria del fruto. Se produjo tal disputa que Zeus se vio obligado a intervenir para imponer paz. Se hizo el más profundo silencio al escuchar la voz del esposo de Hera: 
- Que sea el joven Paris (un mortal, como no) quien decida.
Hermes, el dios viajero con petaso y pies alados, fue el encargado de localizar a Paris; lo encontró junto a sus ovejas y lo trasladó raudo ante los invitados del banquete. El dios del rayo lo había escogido como árbitro, confiando en que el alejamiento del mundo y la ausencia de divinas pasiones le conferirían imparcialidad en el juicio. Lo cierto es que el muchacho en un principio que turbado ante la belleza de las mujeres y un tanto confuso después por la cuestión que allí se dirimía.
Éste fue el primer concurso de belleza de la historia. Desde ese día, “la manzana de la discordia” quedó rodando por el mundo como frase tipo.

Las bodas de Tetis y Peleo, Jacob Jordaens (1636-1637)

  • Mito del juicio de Paris:
Paris, hijo de Príamo – rey de Troya -, desconocedor de su ascendencia divina, se dedicaba a pastorear rebaños. Su nacimiento fue precedido de un sueño en el cual Hécuba, su madre, se vio a sí misma pariendo una antorcha que incendiaba momentos después la ciudad de Troya. Interpretando el sueño, se le auguró que de su vientre nacería un niño causante más tarde de la desgracia del reino. Terminó el oráculo aconsejando la muerte del recién nacido; pero la esposa de Príamo, incapaz de ordenar el asesinato de su hijo, lo abandonó en una lejana montaña, donde el pequeño fue encontrado por unos pastores que le criaron bajo el nombre de Alejandro, “el hombre protegido”.

El Juicio de Paris, Pedro Pablo Rubens (1639)






Educado en la inocencia de la vida pastoril, ignorante de la perniciosa influencia de otros mundos, Zeus creyó encontrar en Paris el árbitro justo para aquel concurso de belleza cuyo premio era la manzana de oro. En un principio, el pastor quedó absorto ante la belleza de las tres mujeres sin saber por cuál decidirse. Las tres diosas, Hera, Atenea y Afrodita, comenzaron a desvestirse para mostrar al desnudo sus encantos. Además, hicieron uso del soborno: la primera, como esposa del gran dios, ofreció a Paris el poder; Atenea, diosa de la guerra y también de la inteligencia, le brindó sabiduría; el cariño y la pasión de Helena, la mujer más hermosa de la tierra, le fueron ofrendados por Afrodita, como diosa del amor.
El príncipe-pastor posó su vista en cada una de las diosas, las tres esperaban anhelantes su decisión: Atenea había dejado sobre el suelo el casco y el escudo de guerrero; los ojos redondos de su lechuza presagiaban la derrota. Hera se dejaba acompañar por su pavo real, que en esta ocasión no abría el abanico de sus plumas para mostrar su maravilloso irisado, ¡mala señal para su ama! Junto a Afrodita retozaban dos amorcillos: mientras uno abrazaba su pierna, el otro le aguardaba la victoria colocando sobre su cabeza una corona. Paris se adelanta, coge el áureo fruto de las manos de Hermes – el dios viajero – y lo pone en las de la diosa del amor. El gesto de desencanto es elocuente en el rostro de las otras dos beldades.
El fallo fue justo, la belleza de la ganadora superaba con mucho la de Hera o Atenea; pero Afrodita tendría que cumplir lo prometido. La mujer más hermosa de la tierra era en aquellos momentos Helena, la esposa de Menelao, rey de Esparta. Paris veía en ello un inconveniente poco menos que imposible; pero la diosa, inconsciente de las catástrofes que su consejo podía acarrear, le dijo tranquilamente:
- Ráptala, yo te ayudaré a hacerlo.
Meses después zarpó Paris hacia Esparta. Por espacio de nueve días fue agasajado en la mansión de Menelao y al décimo, aprovechando que éste viajó a Creta para rendir honras fúnebres a su abuelo paterno, persuade a Helena a huir con él. Ella, dejando atrás a Hermíone, su hija de nueve años, y habiendo transportado las más de sus riquezas, se embarca de noche en su compañía. Si bien consiguieron escapar de los barcos griegos que los perseguían, no lograron vivir en paz. Las diosas despechadas del concurso insuflaron venganza en los corazones de los helenos que, acaudillados por los héroes Aquiles, Ulises, Diomedes, Ayax, Néstor y Agamenón, se dirigieron a Troya y le pusieron en su sitio. Diez años duró el asedio, en el que participó el propio Menelao. Se distinguieron también en la defensa, esforzados guerreros como Eneas o Héctor.
Habían caído muchos hombres en ambos bandos, cuando un mal día apareció en la puerta de la ciudad un enorme caballo de madera, con ruedas en sus patas. Algunos pensaron que era un regalo de los dioses; otros que los enemigos, hartos de la guerra, querían sellar la paz con este regalo, Laocoonte, sacerdote troyano, les advirtió: 
Timeo Danaos et dona ferentes: no confiéis en los griegos aunque aparezcan con un presente.


Laocoonte y sus hijos, Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas, (siglo III -II a. C.)

Según el mito de la guerra de Troya, el sacerdote troyano Laocoonte advirtió a sus conciudadanos que no se fiaran del caballo de madera (lleno de soldados griegos) ofrecido por los griegos al dios Poseidón en una supuesta retirada. De repente, dos serpientes enormes salieron del mar y lo matan junto a sus dos hijos. Los troyanos lo interpretaron como un castigo divino y entraron el caballo a la ciudad, tal como Sinó, un espía griego, les había sugerido, diciendo que era un regalo de la diosa Atenea y que si no lo aceptaban, Troya sería destruida. Sobre el motivo de la muerte de Laocoonte hay dos versiones. Según la mitología griega, Laocoonte era un sacerdote de Apolo, y el castigo no tubo ninguna relación con la guerra, sino porque se casó en contra de las ordenes del dios.

Pero en la versión explicada en la Eneida por el poeta romano Virgilio, fue Atenea (partidaria de la victoria griega) quien envía las serpientes para convencer a los troyanos de la verdad de la historia de Sinó.

Continuación en: LA ILIADA - Homero

sábado, 3 de mayo de 2014

Un paseo por el Olimpo V - Las características comunes a todas las divinidades

Véase antes: IV. Ningún dios puede anular la orden dada por otro dios. 



5. El peor pecado que se puede cometer contra un dios olímpico: El pecado de Soberbia


Pecar de Soberbia significa compararse con un dios diciendo que eres mejor que él.

  • Mito de Aracne. 
Un día en el Olimpo alguien le dijo a Atenea:
- Tu has enseñado el arte del tejido y el bordado a los hombres; pero una muchacha lidia se permite decir que lo hace mejor que tú.
La diosa montó en cólera y preguntó:
- ¿Y quién es esa joven?
- Aracne, hija de un tintorero de Colofón.
Aracne había adquirido una refutada fama en el arte de tejer y bordar. Huérfana desde muy pequeña, dedicaba todo su tiempo a atender a su padre y a sus labores de aguja. Las ninfas de los viñedos cercanos se quedaban boquiabiertas al verla trabajar, tanto cuando hacía los primeros ovillos con la lana sin cardar como cuando trabajaba con los dedos y alisaba los copos parecidos a las nubes en largas piezas, cuando hacía girar el torneado huso con el ágil pulgar o cuando bordaba con aguja; se veía que era una alumna de Palas Atenea. Mas a ella no le satisfacía que su prestigio se basara en ser discípula de la diosa de las hilanderas y bordadoras.
Un día, mirando la bóveda celeste, desafió a Atenea:
- ¡Compite conmigo, anda, ven, si eres capaz de vencerme!
La diosa escuchó su reto y se presentó ante Aracne vestida de anciana, con caballera blanca y apoyada en un bastón:
- Escucha a la vejez – le dijo la hilandera-, porque con ella convive la experiencia. Busca la gloria de triunfar en tu profesión entre los mortales; pero no pretendas superar a una diosa. Pídele perdón por tus palabras anteriores y ella, generosa, sabrá olvidarlas.
Aracne dejó la labor que la ocupaba y, con gesto airado, contestó a la vieja:
- Yo se lo que valgo y no pienso claudicar. ¿Por qué no se ha presentado Atenea al escuchar mi reto, dime, por qué no ha venido?
- ¡Ha venido! – dijo la hija de Zeus despojándose de su disfraz.
La diosa luchadora y vencedora de las tentaciones se mostró en todo su poder: en una mano la lanza que abría los vicios; en la otra el escudo que despedía de sí las tentaciones y, sobre su cabeza, el yelmo que fortalecía los sentidos. La bordadora no se estremeció; tan sólo un leve rubor apareció en sus mejillas al proponerla con energía:
- Empecemos pues la demostración.
La diosa de las artes tomó asiento y sin mediar una palabra más comenzó su labor. Sobre la tela mezcló mil colores distintos entre los que destacaba el dorado. Su telar ilustraba la historia de la competición que había mantenido con Poseidón para decidir quién sería el dios de una ciudad griega que hasta el momento carecía de nombre. Atenea retrató a los habitantes de su ciudad anónima congregados en la ciudadela, contemplando lo que ambos dioses les ofrecían y decidiendo por cuál de ellos votarían. Para ganarse el favor de sus súbditos, Atenea había dado vida al primer olivo en la ciudad, mientras que Poseidón les había otorgado un milagrosos manantial, al que había ubicado en las alturas rocosas de su acrópolis. Todos los hombres miraban con interés el agua y reconocían lo útil que sería en épocas de sequía, y todas las mujeres alababan el olvido, sabiendo las múltiples aplicaciones domésticas que tendría. Tal y como había sucedido en el concurso real, en el dibujo de la tela las mujeres superaban por uno el número de hombres. Atenea no se molestó en tejer su victoria, puesto que todo el mundo sabía que había ganado por un voto y que la ciudad se llamó Atenas en su honor.
Las hilanderas o Fábula de Aracne, 
Diego Velázquez (1599-1660)
Aracne estaba demasiado arrebatada por el orgullo y la insolencia para tener en consideración la advertencia implícita en el telar de la diosa: la demostración de que Atenea siempre ganaba. Lo interpretó más como un desafío que como una amenaza, y respondió tejiendo las numerosas historias de engaños de los dioses y mostrando cómo cambiaban de forma para seducir a las mujeres mortales. Cuando Aracne hubo finalizado su labor, Atenea empuñó la lanzadera de madera que ella misma había utilizado y rajó de arriba abajo el tapiz de Aracne. [Pues Aracne, había bordado todos los amoríos con otras diosas, ninfas y mortales que había tenido Zeus, insultando así a Atenea]. Después, mirándola despectivamente, golpeó su rostro con el mismo instrumento.
La hija del tintorero no pudo aguantar verse humillada de este modo. Buscó una cuerda, rodeó con ella su cuello y, en el preciso momento en que iba a colgarse, la detuvieron rápidas manos de Atenea. Después le dijo:
- Si eso es lo que quieres, sea. Vas a permanecer colgada, pero viva. Este castigo recaerá sobre ti y sobre las generaciones que te sucedan.
La roció después con jugo de acónito, hierba de la diosa Hécate. Poco tardaron en caer al suelo en cascado los cabellos de Aracne; su cabeza y su cuerpo empequeñecieron hasta casi perderse. Todo en ella era ahora vientre; de sus costados colgaban unos dedos finísimos. Transformada ya en araña siguió elaborando su tela con el eterno hilo que producía.


Un paseo por el Olimpo IV - Las características comunes a todas las divinidades

Véase antes: III. Tienen el don de la metamorfosis. 

4. Ningún dios puede anular la orden dada por otro dios


Las órdenes que da un dios olímpico, no tiene marcha atrás.



  • Mito de Tiresias.
Tiresias aparece ante Odiseo durante el sacrificio, 
Heinrich Füssli (1780-1785)
Tiresias fue un hombre que, un día caminando por el bosque, separó con su bastón a dos serpientes que copulaban. Los dioses castigaron a Tiresias por haber intervenido en el desenlace de la naturaleza y lo convirtieron siete años en mujer. Un día en el Olimpo, Zeus y Hera discutían sobre quien se lo pasaba mejor en la cama, si el hombre o la mujer. Zeus decía que eran las mujeres las que se lo pasaban mejor, a lo que su esposa Hera decía que eran los hombres. Como no se decidían, llamaron a la única persona que había vivido la sexualidad desde los dos lados, llamaron al tebano Tiresias. Cuando le preguntaron, éste les respondió que evidentemente eran las mujeres las que se lo pasaban mejor, por lo tanto, dio la razón a Zeus. Pero Hera, que tenía mal perder, se enfadó y lo dejó ciego (la orden de un dios no se puede alterar ni modificar, se quedaría ciego para siempre.) Zeus para compensarle, le dio el don de la profecía.


viernes, 2 de mayo de 2014

Un paseo por el Olimpo III - Las características comunes a todas las divinidades


3. Tienen el don de la metamorfosis


Las divinidades se pueden metamorfosear en persona, animal o fenómeno natural según les convenga.
  • Mito de Europa. Metamorfosis de Zeus transformado en toro para poseer a Europa.
La mañana era radiante. Europa jugaba junto a otras jóvenes en las doradas arenas de la playa. Zeus, desde la bóveda celeste, contemplaba con curiosidad la escena. La hasta hace poco niña era hoy una mujer de hermosas formas a las que acompañaba un delicado rostro. El semblante del dios se alegraba cada vez que la túnica de la doncella se escurría dejando ver su escultural seno.
- ¡Qué belleza es su faz y que perfecto su cuerpo! – se dijo.
Y siguió mirándola mientras la curiosidad iba abriendo camino a la pasión. Enrarecido por ésta, Zeus se metamorfoseó en un toro de resplandeciente blancura y cuernos semejantes a un creciente lunar. De esta guisa bajó a la tierra y fue a tenderse a orillas del mar al lado de Europa.
- ¡Qué bonito toro! – pensó ella -, su color es exactamente igual como el de la nieve cuando no lleva la huella de duros pies ni ha sido derretida por el lluvioso austro; el cuello se yergue poderoso, entre las patas cuelga la papada, y los cuernos pequeños, si, pero tales que se diría que están hechos a mano, y más diáfanos que una gema transparente. No hay amenaza en su rostro ni fiereza e su mirada; su semblante es pacífico.
Europa no sintió miedo y comenzó a jugar con el toro; tejió una guirnalda con las flores que llevaba en su mano y se la colgó en la cornamenta. Después, retozona, saltó sobre su lomo, y, entre sisas y gritos de alegría dejó que el animal la llevara hasta el mar. Poco a poco el astado fue alejándose de la orilla y comenzó un viaje a nado. Europa se abrazó a él; para no caer, sus manos se aferraban con fuerza a los cuernos.
La travesía terminó en la parte más occidental de la tierra, que desde entonces tomó el nombre de la doncella, Europa. Una enorme ola depositó a la joven y al toro; allí Zeus amó a la muchacha. Sabio en estas lides, escogió un idílico lugar donde la princesa conoció los goces celestes que el gran amador derrochaba: fue en un bosquecillo de sauces mecidos por la brisa, acunados por el murmullo del discurrir de las aguas de un arroyo y bajo la sombra de un platanero que desde entonces conserva perennes sus hojas.


Europa dio tres vástagos a Zeus: Minos, Sarpedón y Radamantis. Europa recibió honores divinos al morir, y la figura de toro que adoptó Zeus en su día, ya como constelación, fue colocada entre los signos del zodiaco. Se le domina Tauro.

El rapto de Europa, Peter Paul Rubens (1628-1629)


  • Mito de Alcmena. Metamorfosis de Zeus transformado en persona para poseer a Alcmena. 
Alcmena está casada con Anfitrión. Un día Anfitrión se embarca en un viaje lejos de casa, tiempo que aprovecha Zeus. Éste, como sabía que Alcmena estaba muy enamorada de su marido, se metamorfosea en Anfitrión. Alcmena, cegada por la apariencia, tiene con el dios la noche de amor más larga de la mitología. Zeus había pedido a Eos (la luz de la mañana) que aquel día no saliese así el carro de Helios no vería el momento de salir y la noche seguiría.
Alcmena queda embarazada y, a la mañana siguiente llega el verdadero Anfitrión, que llega con el deseo de poseer a su esposa. Ella no lo entiende, pero cede y queda otra vez embarazada. Alcmena da a luz a mellizos. Uno es humano, Ifis, y el otro es un héroe, Heracles, que será el hijo favorito de Zeus. (Motivo por el cual, Heracles, tendrá que sufrir durante toda la vida la cólera de Hera).
  • Mito de Dánae. Metamorfosis de Zeus en lluvia de oro para poseer a Dánae.
Crecía en el vientre de su madre los dos gemelos hijos del rey de Argos, cuando ya comenzaron a pelearse. La enemistad entre Preto y Acrisio no decreció al hacerse mayores; a la muerte de su padre lucharon por el trono y, tras la prolongada guerra, Preto fue arrojado de Argos por Acrisio quién subió al trono y casó después con Eurídice. Ambos fueron padres de una hija bellísima de nombre Dánae.
Supo el monarca por medio de un oráculo que, en su día, un nieto le causaría la muerte. Asustado por la predicción, trató de evitar la descendencia de su hija encerrándola en un sótano con puertas de bronce y vigiladas por la guardia de palacio.
La pupila del gran Zeus – a la que pocas cosas escapan-, se fijó en la belleza de la muchacha y un buen día, seducido por la hermosura de su cuerpo, se transformó en lluvia de oro. Se coló por una grieta del techo y fue a caer sobre el sexo de la virgen que se abandonó, para recibirlo, transportada en un embriagador y placentero sopor.
Nueve meses más tarde, fruto de aquella certera lluvia, nacía Perseo. Dánae pudo traerlo al mundo y criarlo durante algunos días; pero el llanto del niño en una madrugada atrajo la atención del rey Acrisio, quien supo la verdad de labios de su hija. No creó el monarca la fecundación divina, más bien supuso que la seducción había partido de su hermano Preto y, atendiendo al vaticinio del oráculo, ordeno meter en un arca de madera a hija y nieto, y los arrojó al mar con la esperanza de que pereciesen en él.
Mas los designios de los dioses no coincidieron con los del soberano; el arcón llegó a la isla de Serifos; allí un pescador lo encontró en las arenas de la playa donde había sido arrojado por las olas. Al abrirlo, encontró a sus ocupantes sanos y salvos.
Pasó el tiempo y Perseo, ya casado con Andrómeda, concibió la idea de regresar a Argos para reconciliarse con su abuelo. Enterado Acrisio del posible viaje de su nieto y recordando el mal augurio que pesaba sobre su vida, abandonó Argos por unos días y e hospedó en Larisa, corte del rey Tautámides. Coincidió su llegada con el fallecimiento del padre de este monarca, en cuyo honor se organizaron juegos fúnebres; Perseo, buen atleta, se presentó competidor sin saber que Acrisio era huésped del palacio de Larisa.
En plena celebración de los juegos, justo en el momento en que el hijo de Dánae lanzaba su disco, se levantó un viento huracanado, desviando el proyectil que fue a dar fatalmente en al cabeza del rey de Argos, espectador en los juegos, originándole la muerte instantánea.
Perseo dio sepultura a su abuelo, y sollozando, le despidió con estas palabras:
- ¡Descansa en paz, Acrisio. Durante toda tu vida luchaste contra el fatal vaticinio; al final, el mal presagio nos venció a los dos!

Dánae recibiendo la lluvia de oro, Tiziano (1553)