Véase antes: II - La Castración de Urano.
3. Destronamiento de Cronos
[Los hijos de Urano] luego de expulsar del poder a su padre, subieron a los hermanos que habían sido arrojados al Tártaro y le dieron el poder a Crono. Pero Crono de nuevo, atándolos, los encerró en el Tártaro y casándose con su hermana Rea, a raíz de que Gea y Urano le habían profetizado que le sería arrebatado el poder por su propio hijo, devoraba a sus retoños recién nacidos. A la primera que nació, Hestia, se la tragó, después a Deméter y a Hera, tras las cuales, a Plutón y Poseidón. Irritada por esto, Rea se retiró a Creta, cuando coincidió que se hallaba encinta de Zeus y dio a luz en la cueva de Dicte. Se lo entrega a los Curetes y a las ninfas para que lo criaran. Por tanto ellas alimentaban al niño con la leche de Amaltea, mientras los Curetes armados custodiaban a la criatura en la cueva y entrechocaban los escudos con las lanzas, para que Crono no oyese la voz del niño. Y Rea, envuelta una piedra en pañales, se la daba a Crono para que se la tragara como si fuera el niño recién nacido.
Una vez que Zeus hubo crecido, tomó Metis, la hija de Océano, como apoyo. Ésta le dio a tragar a Crono un bebedizo que le obliga a vomitar primero la piedra y después a los hijos que había devorado. Con ellos Zeus inició una guerra contra Crono y los Titanes. Y habiendo estado en guerra durante diez años, Gea vaticinó a Zeus la victoria si lograba tener por aliados a los que habían sido arrojados al Tártaro. Aquel, dando muerte a Campe, que los vigilaba, desató sus ligaduras. Entonces los Cíclopes dieron a Zeus el trueno, el relámpago y el rayo; a Plutón el yelmo y a Poseidón el tridente. Armados así vencen a los Titanes y encerrándolos en el Tártaro pusieron como guardias a los Hecatónquiros. Echan a suertes el poder y le toca a Zeus el dominio del cielo, a Poseidón el del mar y a Plutón el del Hades.
Apolodoro, BM
[TERCERA GENERACIÓN DE DIOSES]
Rea, sometida por Crono, engendró gloriosos hijos; Hestia, Deméter, Hera, de sandalias de oro; el robusto Hades, que habita moradas bajo la tierra con despiadado pecho; el retumbante Poseidón y el prudente Zeus, padre de dioses y hombres, bajo cuyo trueno se agita la amplia tierra.
A ellos los devoraba el gran Crono cuando cada uno desde el sagrado vientre de su madre llegaba a sus rodillas, tramando esto para que ninguno otro de los nobles descendientes de Urano obtuviera la dignidad real entre los inmortales. Pues por Gea y el estrellado Urano se había enterado de que tenía como destino morir a manos de su hijo, aunque fuera fuerte, [...] Por esto no descuidaba la vigilancia, sino que, siempre al acecho, devoraba a sus hijos, y Rea sufría terriblemente.
Pero cuando iba a dar a luz a Zeus, padre de dioses y hombres, suplicaba a sus padres [a los de Gea y al estrellado Urano] que le ayudaran en su plan, para que sin que se diera cuenta pariera a su hijo y vengara las Erinias de su padre [y de los hijos que se tragó el gran Crono de astuta mente].
[...] lo ocultó en una escarpada cueva, bajo las entrañas de la divina tierra, en el monte Egeo, poblado de árboles. Y envolviendo en pañales una gran piedra se la puso en sus manos al gran soberano Uránida, rey de los primeros dioses. Aquél entonces, cogiéndola con sus manos, la puso en su vientre, ¡desdichado!, y no se dio cuenta en su mente de que detrás, en lugar de una piedra, quedaba su invencible e imperturbable hijo, que pronto, sometiéndolo con la violencia de sus manos, lo iba a despojar de sus atributos e iba a gobernar entre los inmortales.
Rápidamente crecieron la fuerza y los gloriosos miembros del soberano, y al llegar el momento oportuno, engañado por las muy sabias sugerencias de Gea, el gran astuto Crono vomitó a sus hijos [vencido por las artes y violencia de su hijo]. Pero primeramente echó fuera la piedra, puesto que era lo último que se tragó. Zeus la fijó1 sobre la tierra de anchos caminos en la muy sagrada Pitó, en las cavidades del Parnaso, para que fuera un símbolo para la posteridad, maravilla para los hombres mortales.
Liberó a los hermanos de su padre de sus fuertes ataduras [a Brontes, a Estéropes y a Arges, de violento ánimo], los Uránidas, a los que su padre en su locura encadenó. Éstos le guardaron reconocimiento2 por sus buenas acciones y le dieron el trueno, el llameante rayo y el relámpago, que antes los escondía la inmensa Gea, y apoyado en ellos gobierna sobre mortales e inmortales.
Texto extraído de una traducción de la Teogonía de Hesíodo, un poeta griego del siglo VII a. de C.; hemos leído la narración de lo que se conoce como la Segunda Revolución de los dioses, organizada, una vez más por Gea; esta vez ayuda Zeus a derrotar a su padre Cronos.
Después de esta lucha, Gea no queda del todo contenta, porque considera que algunos de sus nietos se habían quedado al margen de la lucha. Por eso se une con Tártaro y engendra con él un monstruo de fuerza prodigiosa, Tifón, que declara la guerra a los dioses, enfrentándose durante mucho tiempo.
Tifón es un ser medio hombre medio fiera, era más alto y más fuerte que todos sus otros hijos de Gea; con la cabeza tocaba el cielo, cuando extendía los brazos con una mano tocaba occidente y con la otra oriente, y en lugar de dedos tenía cabezas de dragón. De cintura para abajo estaba envuelto en alacranes, tenía alas y le salían llamaradas por los ojos.
Con el destronamiento de Cronos, la victoria de Zeus y el repartimiento del poder quedan ya definidas las primeras divinidades que ocupan el Olimpo clássico. Con Zeus y sus hermanos comienzan el que se consideran las divinidades olímpicas, los dioses y las diosas que constituirán el panteón clásico.
1Actualmente se puede contemplar en Delfos una enorme piedra que se considera el omphalos (ombligo) del mundo y que, según la leyenda, es la que Crono se tragó en lugar de Zeus. Se ha pensado que sea un meteorito, pues, al proceder éstos del cielo, se consideraban sagrados.
2Porque liberó a los cíclopes que le dieron el rayo con el que derrotó a los Titanes y Tifón. La historia afecta a la liberación de sus hermanos y, también, a la titanomaquia con los centimanos.
Continuación en: IV - Los dioses supremos del Olimpo.
