Véase antes: IV. Ningún dios puede anular la orden dada por otro dios.
5. El peor pecado que se puede cometer contra un dios olímpico: El pecado de Soberbia
Pecar de Soberbia significa compararse con un dios diciendo que eres mejor que él.
- Mito de Aracne.
Un día en el Olimpo alguien le dijo a Atenea:
- Tu has enseñado el arte del tejido y el bordado a los hombres; pero una muchacha lidia se permite decir que lo hace mejor que tú.
La diosa montó en cólera y preguntó:
- ¿Y quién es esa joven?
- Aracne, hija de un tintorero de Colofón.
Aracne había adquirido una refutada fama en el arte de tejer y bordar. Huérfana desde muy pequeña, dedicaba todo su tiempo a atender a su padre y a sus labores de aguja. Las ninfas de los viñedos cercanos se quedaban boquiabiertas al verla trabajar, tanto cuando hacía los primeros ovillos con la lana sin cardar como cuando trabajaba con los dedos y alisaba los copos parecidos a las nubes en largas piezas, cuando hacía girar el torneado huso con el ágil pulgar o cuando bordaba con aguja; se veía que era una alumna de Palas Atenea. Mas a ella no le satisfacía que su prestigio se basara en ser discípula de la diosa de las hilanderas y bordadoras.
Un día, mirando la bóveda celeste, desafió a Atenea:
- ¡Compite conmigo, anda, ven, si eres capaz de vencerme!
La diosa escuchó su reto y se presentó ante Aracne vestida de anciana, con caballera blanca y apoyada en un bastón:
- Escucha a la vejez – le dijo la hilandera-, porque con ella convive la experiencia. Busca la gloria de triunfar en tu profesión entre los mortales; pero no pretendas superar a una diosa. Pídele perdón por tus palabras anteriores y ella, generosa, sabrá olvidarlas.
Aracne dejó la labor que la ocupaba y, con gesto airado, contestó a la vieja:
- Yo se lo que valgo y no pienso claudicar. ¿Por qué no se ha presentado Atenea al escuchar mi reto, dime, por qué no ha venido?
- ¡Ha venido! – dijo la hija de Zeus despojándose de su disfraz.
La diosa luchadora y vencedora de las tentaciones se mostró en todo su poder: en una mano la lanza que abría los vicios; en la otra el escudo que despedía de sí las tentaciones y, sobre su cabeza, el yelmo que fortalecía los sentidos. La bordadora no se estremeció; tan sólo un leve rubor apareció en sus mejillas al proponerla con energía:
- Empecemos pues la demostración.
La diosa de las artes tomó asiento y sin mediar una palabra más comenzó su labor. Sobre la tela mezcló mil colores distintos entre los que destacaba el dorado. Su telar ilustraba la historia de la competición que había mantenido con Poseidón para decidir quién sería el dios de una ciudad griega que hasta el momento carecía de nombre. Atenea retrató a los habitantes de su ciudad anónima congregados en la ciudadela, contemplando lo que ambos dioses les ofrecían y decidiendo por cuál de ellos votarían. Para ganarse el favor de sus súbditos, Atenea había dado vida al primer olivo en la ciudad, mientras que Poseidón les había otorgado un milagrosos manantial, al que había ubicado en las alturas rocosas de su acrópolis. Todos los hombres miraban con interés el agua y reconocían lo útil que sería en épocas de sequía, y todas las mujeres alababan el olvido, sabiendo las múltiples aplicaciones domésticas que tendría. Tal y como había sucedido en el concurso real, en el dibujo de la tela las mujeres superaban por uno el número de hombres. Atenea no se molestó en tejer su victoria, puesto que todo el mundo sabía que había ganado por un voto y que la ciudad se llamó Atenas en su honor.
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| Las hilanderas o Fábula de Aracne, Diego Velázquez (1599-1660) |
Aracne estaba demasiado arrebatada por el orgullo y la insolencia para tener en consideración la advertencia implícita en el telar de la diosa: la demostración de que Atenea siempre ganaba. Lo interpretó más como un desafío que como una amenaza, y respondió tejiendo las numerosas historias de engaños de los dioses y mostrando cómo cambiaban de forma para seducir a las mujeres mortales. Cuando Aracne hubo finalizado su labor, Atenea empuñó la lanzadera de madera que ella misma había utilizado y rajó de arriba abajo el tapiz de Aracne. [Pues Aracne, había bordado todos los amoríos con otras diosas, ninfas y mortales que había tenido Zeus, insultando así a Atenea]. Después, mirándola despectivamente, golpeó su rostro con el mismo instrumento.
La hija del tintorero no pudo aguantar verse humillada de este modo. Buscó una cuerda, rodeó con ella su cuello y, en el preciso momento en que iba a colgarse, la detuvieron rápidas manos de Atenea. Después le dijo:
- Si eso es lo que quieres, sea. Vas a permanecer colgada, pero viva. Este castigo recaerá sobre ti y sobre las generaciones que te sucedan.
La roció después con jugo de acónito, hierba de la diosa Hécate. Poco tardaron en caer al suelo en cascado los cabellos de Aracne; su cabeza y su cuerpo empequeñecieron hasta casi perderse. Todo en ella era ahora vientre; de sus costados colgaban unos dedos finísimos. Transformada ya en araña siguió elaborando su tela con el eterno hilo que producía.
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