domingo, 21 de diciembre de 2014

Deucalión y Pirra


En todas las mitologías hay un momento en el que la divinidad considera que no es suficientemente venerada. Siempre se envía como castigo un diluvio, porqué el agua es la única esencia que el hombre no puede parar. Recordemos, por ejemplo, el arca de Noé. En todos los casos siempre queda algún hombre vivo, porqué sí la humanidad se extinguiera, los dioses se extinguirían con ella. 


  • ResumenMetamorfosis, Libro primero - Ovidio, poeta romano del VII d. C.

Licaón

- El banquete de Licaón

En cuanto los dioses ganaron la guerra contra los titanes, los problemas empezaron a surgir entre los seres humanos que poblaban la Tierra. Algunos afirman que los primeros fueron creados por Prometeo, y que ése es el motivo por el que resultaron tan irrespetuoso con los dioses. En Arcadia, el tirano Licaón se negó a adorar a los dioses y se burlaba de su pueblo por creer en ellos. Zeus se disfrazó de hombre mortal y se dirigió a Arcadia para averiguar en persona el grado de maldad con el que podía llegar a actuar Licaón.Cuando el rey de los reyes les dijo a los campesinos y a los lugareños que no era un mortal sino un dios, éstos le creyeron y empezaron a venerarlo como merecía. Pero Licaón no escuchó al viajero y comenzó a mofarse de la ingenuidad de sus fieles. Llegó incluso a prometer a sus vecinos que sometería al charlatán a una prueba que no podía fallar.  «Todo el mundo sabe que los dioses son inmortales - dijo Licaón -. Lo único que tengo que hacer es matar a ese tipo y todos comprenderéis lo necios que habéis sido.» Obviamente, no lo comentó en presencia de Zeus, pues su plan consistía en entrar a hurtadillas en el cuero de huéspedes, sorprenderle desprevenido y apuñalarle.
No era ésta, sin embargo, la peor parte de su plan. Quería que su invitado se corrompiera la boca y el estómago ingiriendo alimentos prohibidos, y él mismo tenía también intención de probarlos para recrearse en el mal, para llevar a cabo el más abominable de los actos como desafío a lo dioses. Licaón tenía cautivo en una de sus celdas a un prisionero, un rehén cuya vida debía hacer considerado sagrada, pero a Licaón poco le importaba el trato que recibieran los rehenes. Muy al contrario, degolló al prisionero y lo descuartizó. Luego utilizó varias partes del cuerpo para el asado y reservó otras para el estofado. El propio Licaón preparó la comida y sirvió los platos en la mesa, acompañándolos de pan reciente y vino. Algunos sostienen que la carne que Licaón sirvió a su invitado era la de un bebé al que había matado; y, lo que es aún más terrible, ciertos relatos afirman que se trataba de su hijo (Níctimo).
Enfurecido, Zeus tiró de inmediato la carne que había sobre la mesa y lanzó su rayo a los aires contra los muros del palacio. Se derrumbaron tejados y paredes, y el fuego devoró el edificio. Licaón fue lo bastante rápido para escapar de las llamas, pero la venganza de Zeus le persiguió en su huida hacia el campo. Mientras corría, intentaba gritar para pedir ayuda, pero en lugar de palabras humanas, de su boca salían gruñidos y aullidos. La ropa que llevaba empezó a rasgarse y a desprender del cuerpo a medida que éste cambiaba de forma. Ya no podía correr como un hombre, pues los brazos se le estaban transformando en finas patas; de su piel brotaba un grueso pelaje; las orejas se le alargaban, y la boca le sobresalía hasta formar un hocico. Zeus había transformado a Licaón en un lobo. No obstante, incluso como lobo seguía siendo el mismo Licaón sanguinario. Siguió alimentándose de las ovejas y las cabras de Arcadia, su boca siguió babeando y en sus ojos siguió refulgiendo la pasión por matar. 


Licaón se transforma en lobo, de Bernard Picart (1673 - 1733). 
Algunas versiones del mito afirman que la falta de respeto de Licaón
hacia Zeus provocó el plan de Zeus de destruir el mundo con
el diluvio en la era de Deucalión. 

Licaón como hombre lobo
El nombre de Licaón está asociado a la acepción griega
clásica de
«lobo», lykos, y su metamorfosis es un ejemplo de
licantropía (de los términos griegos
lykos y ánthrõpos, que
significa «ser humano»). Los licántropos, más comúnmente
llamados «hombres lobo», muestran una clara preferencia
por la carne humana, en especial por la de los bebés. El mito
del banquete de Licaón ofrece un excelente ejemplo del
licántropo como caníbal., si bien en este caso el hecho de
ofrecer carne humana tiene lugar antes de su transformación
en lobo. En a literatura y el cine, los hombres lobo suelen
mutar entre la forma humana y la animal constantemente, a
menudo coincidiendo con la luna llena. Licaón es un licántropo
insólito en este sentido, ya que sólo muta una vez
y de manera irreversible. 


El diluvio

- Relatos de Zeus

Tras los horrores acontecidos en el banquete de Licaón, Zeus decidió que toda la humanidad merecía morir. Los demás dioses pensaban ansiosos en sus templos y festividades. ¿Quién podía asegurar que el dulce aroma del sacrificio seguiría ascendiendo hasta el monte Olimpo si no quedan seres humanos? ¿Quién iba a rendir culto entonces a los dioses? Pero Zeus prometió que la raza humana no se extinguiría por completo. Buscaría la manera de dar vida a una nueva generación de seres humanos, individuos que serían convenientemente respetuosos para con los dioses y se esmerarían en observar todas las festividades con sus respectivos rituales. 
Zeus se apostó en el monte Olimpo con el rayo en la mano y eligió a su primer objetivo. Estaba apunto de arrojarlo en dirección al mercado de la ciudad más próxima cuando recordó la profecía según el cual el mundo estaba predestinado a sucumbir en llamas. Depositó a un lado su arma con sumo cuidado, pues lo que él deseaba era limpiar el mundo, no destruirlo. «Que las aguas lleven a término mi venganza y luego decrezcan - ordenó - para que la vida pueda regresar una vez más.» Al tiempo que hablaba, los vientos empezaron a soplar y a formar una tempestad. El viento del Sur congregó nubes negruzcas que descargaron lluvia sobre la tierra. Los cultivos quedaron arrasados; aquel año, toda la humanidad sufriría hambruna. Pero Zeus no quedó satisfecho con esta venganza. No sólo quería herir a la conflictiva raza humana, sino que además quería ahogarla en su mayor parte. 
Llamó a su hermano Poseidón, señor del mar. Poseidón ordenó a todos los ríos y arroyos del mundo que se desbordaran y después sacudió la superficie de la tierra con su tridente. En ocasiones se conoce a Poseidón como «agitador de la Tierra», y aquel día la sacudió hasta que ésta se resquebrajó y las aguas penetraron en ella. Olas gigantescas rompieron contra la tierra y barrieron ciudades. Ningún templo, ningún palacio soportó el envite de la rugiente marea. Los límites entre la tierra y el agua dejaron de existir; no quedó refugio en tierra firme, y todos aquellos que intentaron esquivar la tempestad refugiándose en barcos acabaron muriendo de inanición en alta mar. 


Deucalión y el diluvio, de J. Briot (1610). 
Hay quien cree que el principal motivo por el que Zeus quería destruir a la
humanidad era la inquietud que le provocaba que muchos dioses siguieran
teniendo hijos con mortales y otorgaran así más poder a los seres humanos. 


Deucalión y Pirra

Prácticamente todos los seres humanos habían fallecido. Tan sólo dos personas, Deucalión y Pirra, seguían con vida, a bordo de una pequeña barca en mitad del océano. Zeus sabía que si la raza humana debía sobrevivir, tenía que perdonarles la vida a ambos. Deucalión era hijo de Prometeo, y Pirra era hija de Epimeteo y Pandora, pero no eran ni desobedientes ni necios. De hecho, eran los mejores seres humanos y se mostraban siempre prestos a honrar a los dioses. Serían los padres idóneos para la nueva raza de seres humanos. 
Poco a poco, el océano fue calmándose y los picos de las montañas más elevadas comenzaron a asomar. A medida que la gran inundación remitía, las dos cumbres del monte Parnaso, que antes de la inundación se erguían lo bastante en el cielo para horadar las nubes, horadaban en ese momento la superficie del océano, y la pequeña embarcación flotaba entre ambas. Lo primero que hicieron Deucalión y Pirra fue dar las gracias a os dioses del monte Parnaso y suplicar ayuda, pues eran testigos de cómo las aguas bajaban y la montaña volvía a lucir inmensa. 
Desde su posición ventajosa en lo alto de la montaña, Deucalión y Pirra tenían una amplia vista del campo. Observaron cómo los ríos empezaban a fluir de nuevo en sus cursos y los árboles se sacudían el barro de las hojas. Vieron después el templo de Temis en ruinas, pero ni un solo indico más de que la Tierra hubiera estado habitada por seres humanos en alguna ocasión. 
Se apresuraron a descender hasta el río Cefiso y rociaron gotas de sus aguas en sus ropas y sus cabellos húmedos, en señal de respeto a la diosa. A continuación se arrodillaron cerca del templo, orando y rogando para que Temis los ayudara a rescatar a la raza humana y preservarla de la extinción total. 
Temis era una diosa amable que además poseía una notable habilidad para predecir el futuro. Así, anunció a Deucalión y a Pirra lo siguiente: «Debéis alejaros del templo, con la cabeza cubierta por un velo y ropa holgada, arrojando a vuestra espalda los huesos de vuestra madre». A Pirra le horrorizó la idea de hurgar en el sepulcro de su madre y desperdigar sus huesos, pero luego recordó que los oráculos solían emplear enigmas al hablar. Con la ayuda de Deucalión, descifró las instrucciones de la diosa. «El oráculo jamás nos diría que hiciésemos algo que pudiera ofender a los dioses. dijo Deucalión -. La madre a la que hace referencia podría ser la gran madre de todo, Gea, diosa de la tierra, y los huesos de la madre bien podrían ser las pierdas que encontramos en el suelo a nuestro paso.»
Ni Deucalión ni Pirra estaban seguros de si aquello era lo que realmente había querido decir el oráculo, pero no se les ocurría mejor interpretación de las palabras. Con la cabeza cubierta y vestidos con ropa holgada, cogieron piedras del fangoso suelo y empezaron a alejarse del templo. A cada paso que daban arrojaban una o dos piedras tras de sí. Al caer de nuevo sobre el barro, las piedras empezaban a cambiar de forma y aumentar de tamaño. Poco a poco iban adquiriendo la apariencia de estatuas talladas en mármol; después parecían estatuas de tamaño natural, y por último, comenzaban a desprender calor y a respirar. Cada una de las piedras que Pirra arrojó a su espalda se convirtió en una mujer, y cara piedra que arrojó Deucalión tras de sí se convirtió en un hombre. Esto explica por qué los pueblos de la tierra son fuertes y duros: porque su origen son las piedras, fuertes y duras, del Parnaso. 



Deucalión y Pirra, de P. P. Rubens (1636-1637)



  • Fragmentos extraídos de: Metamorfosis, Libro primero - Ovidio, poeta romano del VII d. C.


El concilio de los dioses (I)

Lo cual el padre cuando vio, el Saturnio, en su supremo recinto,

gime hondo, y, todavía no divulgados por recién cometidos,

165 los impuros banquetes recordando de la mesa de Licaón,

ingentes en su ánimo y dignas de Júpiter concibió unas iras,

y el consejo convoca; no retuvo demora ninguna a los convocados.

Hay una vía sublime, manifiesta en el cielo sereno:

Láctea de nombre tiene, por su candor mismo notable.

170 Por ella el camino es de los altísimos hacia los techos del gran Tonante

y su real casa: a derecha e izquierda los atrios

de los dioses nobles van concurriéndose por sus compuertas abiertas,

la plebe habita otros, por sus lugares opuestos: en esta parte los poderosos

celestiales y preclaros pusieron sus penates.

175 Éste lugar es, al que, si a las palabras la audacia se diera,

yo no temería haber llamado los Palacios del gran cielo.

Así pues, cuando los altísimos se sentaron en su marmóreo receso,

más excelso él por su lugar, y apoyado en su cetro marfileño,

terrorífica, de su cabeza sacudió tres y cuatro veces

180 la cabellera, con la que la tierra, el mar, las estrellas mueve;

de tales modos después su boca indignada libera:

“No yo por el gobierno del cosmos más ansioso en aquella

ocasión estuve, en la que cada uno se disponía a lanzar,

de los angüípedes, sus cien brazos contra el cautivo cielo,

185 pues aunque fiero el enemigo era, aun así, aquélla de un solo

cuerpo y de un solo origen pendía, aquella guerra;

ahora yo, por doquiera Nereo rodeándolo hace resonar todo el orbe,

al género mortal de perder he: por las corrientes juro

infernales, que bajo las tierras se deslizan a la estigia floresta,

190 que todo antes se ha intentado, pero un incurable cuerpo

a espada se ha de sajar, por que la parte limpia no arrastre.

Tengo semidioses, tengo, rústicos númenes, Ninfas

y Faunos y Sátiros y montañeses Silvanos,

a los cuales, puesto que del cielo todavía no dignamos con el honor,

195 las que les dimos ciertamente, las tierras, habitar permitamos.

¿O acaso, oh altísimos, que bastante seguros estarán ellos creéis,

cuando contra mí, que el rayo, que a vosotros os tengo y gobierno,

ha levantado sus insidias, conocido por su fiereza, Licaón?”

Murmuraron todos, y con afán ardido al que osó

200 tal reclaman: así, cuando una mano impía se ensañó

con la sangre de César para extinguir de Roma el nombre,

atónito por el gran terror de esta súbita ruina

el humano género queda y todo se horrorizó el orbe,

y no para ti menos grata la piedad, Augusto, de los tuyos es

205 que fue aquélla para Júpiter. El cual, después de que con la voz y la mano

los murmullos reprimió, guardaron silencios todos.

Cuando se detuvo el clamor, hundido del peso del soberano,

Júpiter de nuevo con este discurso los silencios rompió:


Licaón

“Él, ciertamente, sus castigos –el cuidado ese perded– ha cumplido.

210 Mas qué lo cometido, cuál sea su satisfacción, os haré saber.

Había alcanzado la infamia de ese tiempo nuestros oídos;

deseándola falsa desciendo del supremo Olimpo

y, dios bajo humana imagen, lustro las tierras.

Larga demora es de cuánto mal se hallaba por todos lados

215 enumerar: menor fue la propia infamia que la verdad.

El Ménalo había atravesado, por sus guaridas horrendo de fieras,

y con Cilene los pinares del helado Liceo:

del Árcade a partir de ahí en las sedes, y en los inhóspitos techos del tirano

penetro, cuando traían los tardíos crepúsculos la noche.

220 Señales di de que había llegado un dios y el pueblo a suplicar

había empezado: se burla primero de esos piadosos votos Licaón,

luego dice: “Comprobaré si dios éste o si sea mortal

con una distinción abierta, y no será dudable la verdad.”

De noche, pesado por el sueño, con una inopinada muerte a perderme

225 se dispone: tal comprobación a él le place de la verdad.

Y no se contenta con ello: de un enviado de la nación

molosa, de un rehén, su garganta a punta tajó

y, así, semimuertos, parte en hirvientes aguas

sus miembros ablanda, parte los tuesta, sometiéndolos a fuego.

230 Lo cual una vez impuso a las mesas, yo con mi justiciera llama

sobre unos penates dignos de su dueño torné sus techos.

Aterrado él huye y alcanzando los silencios del campo

aúlla y en vano hablar intenta; de sí mismo

recaba su boca la rabia, y el deseo de su acostumbrada matanza

235 usa contra los ganados, y ahora también en la sangre se goza.

En vellos se vuelven sus ropas, en patas sus brazos:

se hace lobo y conserva las huellas de su vieja forma.

La canicie la misma es, la misma la violencia de su rostro,

los mismos ojos lucen, la misma de la fiereza la imagen es.

240 Cayó una sola casa, pero no una casa sola de perecer

digna fue. Por doquiera la tierra se expande, fiera reina la Erinis.

Para el delito que se han conjurado creerías; cumplan rápido todos,

los que merecieron padecer, así consta mi sentencia, sus castigos.”


El concilio de los dioses (II)

Las palabras de Júpiter parte con su voz, murmurando, aprueban e incitamentos

245 añaden. Otros sus partes con asentimientos cumplen.

Es, aun así, la perdición del humano género causa de dolor

para todos, y cuál habrá de ser de la tierra la forma,

de los mortales huérfana, preguntan, quién habrá de llevar a sus aras

inciensos, y si a las fieras, para que las pillen, se dispone a entregar las tierras.

250 A los que tal preguntaban –puesto que él se preocuparía de lo demás–

el rey de los altísimos turbarse prohíbe, y un brote al anterior

pueblo desemejante promete, de origen maravilloso.


El diluvio

Y ya iba sobre todas las tierras a esparcir sus rayos;

pero temió que acaso el sagrado éter por causa de tantos fuegos

255 no concibiera llamas, y que el lejano eje ardiera.

Que está también en los hados, recuerda, que llegará un tiempo

en el que el mar, en el que la tierra y arrebatados los palacios del cielo

ardan y del mundo la mole, afanosa, sufra.

Esas armas vuelven a su sitio, por manos fabricadas de los Cíclopes:

260 un castigo place inverso, al género mortal bajo las ondas

perder, y borrascas lanzar desde todo el cielo.

En seguida al Aquilón encierra en las eolias cavernas,

y a cuantos soplos ahuyentan congregadas a las nubes,

y suelta al Noto: con sus mojadas alas el Noto vuela,

265 su terrible rostro cubierto de una bruma como la pez:

la barba pesada de borrascas, fluye agua de sus canos cabellos,

en su frente se asientan nieblas, roran sus alas y senos.

Y cuando con su mano, a lo ancho suspendidas, las nubes apretó,

se hace un fragor: entonces densas se derraman desde el éter las borrascas.

270 La mensajera de Juno, de variados colores vestida,

concibe, Iris, aguas, y alimentos a las nubes allega:

póstranse los sembrados, y llorados por los colonos

sus votos yacen, y perece el trabajo frustrado de un largo año.

Y no al cielo suyo se limitó de Júpiter la ira, sino que a él

275 su azul hermano le ayuda con auxiliares ondas.

Convoca éste a los caudales. Los cuales, después de que en los techos

de su tirano entraron: “Una arenga larga ahora de usar”,

dice, “no he: las fuerzas derramad vuestras.

Así menester es. Abrid vuestras casas y, la mole apartada,

280 a las corrientes vuestras todas soltad las riendas.”

Había ordenado; ellos regresan, y de sus fontanas las bocas relajan,

y en desenfrenada carrera ruedan a las superficies.

Él mismo con el tridente suyo la tierra golpeó, mas ella

tembló y con su movimiento vías franqueó de aguas.

285 Desorbitadas se lanzan por los abiertos campos las corrientes

y, con los sembrados, arbustos al propio tiempo y rebaños y hombres

y techos, y con sus penetrales arrebatan sus sacramentos.

Si alguna casa quedó y pudo resistir a tan gran

mal no desplomada, la cúpula, aun así, más alta de ella,

290 la onda la cubre, y hundidas se esconden bajo el abismo sus torres.

Y ya el mar y la tierra ninguna distinción tenían:

todas las cosas ponto eran, faltaban incluso litorales al ponto.

Ocupa éste un collado, en una barca se sienta otro combada

y lleva los remos allí donde hace poco arara.

295 Aquél sobre los sembrados o las cúpulas de una sumergida villa

navega, éste un pez sorprende en lo alto de un olmo;

se clava en un verde prado, si la suerte lo deja, el ancla,

o, a ellas sometidos, curvas quillas trillan viñedos,

y por donde hace poco, gráciles, grama arrancaban las cabritas,

300 ahora allí deformes ponen sus cuerpos las focas.

Admiran bajo el agua florestas y ciudades y casas

las Nereides, y las espesuras las poseen los delfines y entre sus altas

ramas corren y zarandeando sus troncos las baten.

Nada el lobo entre las ovejas, bermejos leones lleva la onda,

305 la onda lleva tigres, y ni sus fuerzas de rayo al jabalí,

ni sus patas veloces, arrebatado, sirven al ciervo,

y buscadas largo tiempo tierras donde posarse pudiera,

al mar, fatigadas sus alas, el pájaro errante ha caído.

Había sepultado túmulos la inmensa licencia del ponto,

310 y batían las montanas cumbres unos nuevos oleajes.

La mayor parte por la onda fue arrebatada: a los que la onda perdonó,

largos ayunos los doman, por causa del indigente sustento.


Deucalión y Pirra

Separa la Fócide los aonios de los eteos campos,

tierra feraz mientras tierra fue, pero en el tiempo aquel

315 parte del mar y ancha llanura de súbitas aguas.

Un monte allí busca arduo los astros con sus dos vértices,

por nombre el Parnaso, y superan sus cumbres las nubes.

Aquí cuando Deucalión –pues lo demás lo había cubierto la superficie–

con la consorte de su lecho, en una pequeña balsa llevado, se aferró,

320 a las corícidas ninfas y a los númenes del monte oran

y a la fatídica Temis, que entonces esos oráculos tenía:

no que él mejor ninguno, ni más amante de lo justo,

hombre hubo, o que ella más temerosa ninguna de los dioses.

Júpiter, cuando de fluentes lagos que estaba empantanado el orbe,

325 y que quedaba un hombre de tantos miles hacía poco, uno,

y que quedaba, ve, de tantas miles hacía poco, una,

inocuos ambos, cultivadores de la divinidad ambos,

las nubes desgarró y, habiéndose las borrascas con el aquilón alejado,

al cielo las tierras mostró, y el éter a las tierras.

330 Tampoco del mar la ira permanece y, dejada su tricúspide arma,

calma las aguas el regidor del piélago, y al que sobre el profundo

emerge y sus hombros con su innato múrice cubre,

al azul Tritón llama, y en su concha sonante

soplar le ordena, y los oleajes y las corrientes ya

335 revocar, su señal dando: su hueca bocina toma él,

tórcil, que en ancho crece desde su remolino inferior,

bocina, la cual, en medio del ponto cuando concibió aire,

los litorales con su voz llena, que bajo uno y otro Febo yacen.

Entonces también, cuando ella la boca del dios, por su húmeda barba rorante,

340 tocó, y cantó henchida las ordenadas retretas,

por todas las ondas oída fue de la tierra y de la superficie,

y por las que olas fue oída, contuvo a todas.

Ya el mar litoral tiene, plenos acoge el álveo a sus caudales,

las corrientes se asientan y los collados salir parecen.

345 Surge la tierra, crecen los lugares al decrecer las ondas,

y, después de día largo, sus desnudadas copas las espesuras

muestran y limo retienen que en su fronda ha quedado.

Había retornado el orbe; el cual, después de que lo vio vacío,

y que desoladas las tierras hacían hondos silencios,

350 Deucalión con lágrimas brotadas así a Pirra se dirige:

“Oh hermana, oh esposa, oh hembra sola sobreviviente,

a la que a mí una común estirpe y un origen de primos,

después un lecho unió, ahora nuestros propios peligros unen,

de las tierras cuantas ven el ocaso y el orto

355 nosotros dos la multitud somos: posee lo demás el ponto.

Esta tampoco todavía de la vida nuestra es garantía

cierta bastante; aterran todavía ahora nublados nuestra mente.

¿Cuál si sin mí de los hados arrebatada hubieras sido

ahora tu ánimo, triste de ti, sería? ¿De qué modo sola

360 el temor soportar podrías? ¿Con consuelo de quién te dolerías?

Porque yo, créeme, si a ti también el ponto te tuviera,

te seguiría, esposa, y a mí también el ponto me tendría.

Oh, ojalá pudiera yo los pueblos restituir con las paternas

artes, y alientos infundir a la conformada tierra.

365 Ahora el género mortal resta en nosotros dos

–así pareció a los altísimos– y de los hombres como ejemplos quedamos.”

Había dicho, y lloraban; decidieron al celeste numen

suplicar y auxilio por medio buscar de las sagradas venturas.

Ninguna demora hay: acuden a la par a las cefísidas ondas,

370 como todavía no líquidas, así ya sus vados conocidos cortando.

De allí, cuando licores de él tomados rociaron

sobre sus ropas y cabeza, doblan sus pasos hacia el santuario

de la sagrada diosa, cuyas cúspides de indecente

musgo palidecían, y se alzaban sin fuegos sus aras.

375 Cuando del templo tocaron los peldaños se postró cada uno

inclinado al suelo, y atemorizado besó la helada roca,

y así: “Si con sus plegarias justas”, dijeron, “los númenes vencidos

se enternecen, si se doblega la ira de los dioses,

di, Temis, por qué arte la merma del género nuestro

380 reparable es, y presta ayuda, clementísima, a estos sumergidos estados.”

Conmovida la diosa fue y su ventura dio: “Retiraos del templo

y velaos la cabeza, y soltaos vuestros ceñidos vestidos,

y los huesos tras vuestra espalda arrojad de vuestra gran madre.”

Quedaron suspendidos largo tiempo, y rompió los silencios con su voz

385 Pirra primera, y los mandatos de la diosa obedecer rehúsa,

y tanto que la perdone con aterrada boca ruega, como se aterra

de herir, arrojando sus huesos, las maternas sombras.

Entre tanto repasan, por sus ciegas latencias oscuras,

las palabras de la dada ventura, y para entre sí les dan vueltas.

390 Tras ello el Prometida a la Epimetida con plácidas palabras

calma, y: “O falaz”, dice, “es mi astucia para nosotros,

o –píos son y a ninguna abominación los oráculos persuaden–

esa gran madre la tierra es: piedras en el cuerpo de la tierra

a los huesos calculo que se llama; arrojarlas tras nuestra espalda se nos ordena.”

395 De su esposo por el augurio aunque la Titania se conmovió,

su esperanza, aun así, en duda está: hasta tal punto ambos desconfían

de las celestes admoniciones. Pero, ¿qué intentarlo dañará?

Se retiran y velan su cabeza y las túnicas se desciñen,

y las ordenadas piedras tras sus plantas envían.

400 Las rocas –¿quién lo creería, si no estuviera por testigo la antigüedad?–

a dejar su dureza comenzaron, y su rigor

a mullir, y con el tiempo, mullidas, a tomar forma.

Luego, cuando crecieron y una naturaleza más tierna

les alcanzó, como sí semejante, del mismo modo manifiesta parecer no puede

405 la forma de un humano, sino, como de mármol comenzada,

no terminada lo bastante, a las rudas estatuas muy semejante era.

La parte aun así de ellas que húmeda de algún jugo

y terrosa era, vuelta fue en uso de cuerpo.

Lo que sólido es y doblarse no puede, se muta en huesos,

410 la que ahora poco vena fue, bajo el mismo nombre quedó;

y en breve espacio, por el numen de los altísimos, las rocas

enviadas por las manos del hombre la faz tomaron de hombres,

y del femenino lanzamiento restituida fue la mujer.

De ahí que un género duro somos y avezado en sufrimientos

415 y pruebas damos del origen de que hemos nacido.

A los demás seres la tierra con diversas formas

por sí misma los parió después de que el viejo humor por el fuego

se caldeó del sol, y el cieno y los húmedos charcos

se entumecieron por su hervor, y las fecundas simientes de las cosas,

420 por el vivaz suelo nutridas, como de una madre en la matriz

crecieron y faz alguna cobraron con el pasar del tiempo.

Así, cuando abandonó mojados los campos el séptuple fluir

del Nilo, y a su antiguo seno hizo volver sus corrientes,

y merced a la etérea estrella, reciente, ardió hasta secarse el limo,

425 muchos seres sus cultivadores al volver los terrones

encuentran y entre ellos a algunos apenas comenzados, en el propio

espacio de su nacimiento, algunos inacabados y truncos

los ven de sus proporciones, y en el mismo cuerpo a menudo

una parte vive, es la parte otra ruda tierra.

430 Porque es que cuando una templanza han tomado el humor y el calor,

conciben, y de ellos dos se originan todas las cosas

y, aunque sea el fuego para el agua pugnaz, el vapor húmedo todas

las cosas crea, y la discorde concordia para las crías apta es.

Así pues, cuando del diluvio reciente la tierra enlodada

435 con los soles etéreos se encandeció y con su alto hervor,

dio a luz innumerables especies y en parte sus figuras

les devolvió antiguas, en parte nuevos prodigios creó.



Bibliografía:


Mitos del mundo, Tony Allan. Editorial BLUME. 

Diccionario de Mitologia Griega y Romana, Pierre Grimal. Editorial Paidós. 

Mitología, todos los mitos y leyendas del mundo, RBA


Web-grafía:


http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Cuadros_de_Peter_Paul_Rubens

http://ovidmeta.jp/search/p/search.php?BookId=1#book_card




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