martes, 23 de diciembre de 2014

Orfeo


No hay ningún otro héroe tan ambiguo, polivalente y cargado de simbolismo como Orfeo, el semidiós de Tracia. Su fama no procede de hazañas guerreras o de terribles crímenes familiares, sino de su capacidad para encantar, literalmente, a cuantos le rodeaban. Gracias a su talento musical, Orfeo tenía el don de hechizar a los hombres y a los inmortales, de amansar a las fieras, de modificar la naturaleza e incluso de apaciguar a las criaturas infernales. Su fuerza no era física, sino artística y espiritual. Conocido desde tiempos remotos, fue considerado el poeta, el cantor y el músico por excelencia, y con el tiempo se convirtió en eje de una religión mistérica, el orfismo, cuya fundación se le atribuía.

Orfeo de Karoly Ferenczy (1862 - 1917)
En esta representación moderna, el violín ha sustituido a la lira.
Orfeo era hijo de Eagro, rey de Tracia, aunque otras tradiciones señalan a Apolo como su padre divino. En cuanto a su madre, fue sin duda una de las nueve musas, Calíope. Nada se sabe de su infancia, salvo que muy pronto aprendió a tocar la lira con insuperable destreza. Aumentó el número de cuerdas de dicho instrumento, de siete a nueve cuerdas, en honor a las nueve musas. Sus acordes eran tan melodiosos que conmovían a los seres más insensibles. Las bestias salvajes se recostaban a su lado y las aves acudían a escucharlo posadas en las ramas cercanas; los árboles se inclinaban hacia él y danzaban a su alrededor; los vientos cambiaban de dirección para ir a su encuentro, y las aguas de los ríos se detenían al pasar junto a Orfeo. Todas estas alegorías maravillosas tratan de explicar el efecto que tuvo su talento en las costumbres feroces de los tracios, haciéndoles pasar del estado salvaje a las dulzuras de la vida civilizada.
La reputación de Orfeo como sabio y poeta inspirado por los olímpicos se extendió por el mundo antiguo a raíz de la expedición de los argonautas, que tuvieron el honor de contar con su participación. Como carecía de la fortaleza de los demás héroes no remó durante el viaje, sino que se encargaba de dar cadencia a la boga con sus cantos. Obró diversos prodigios, como mover el Argo cuando estaba varado a fuerza de sones melodiosos, calmar una tempestad o impedir que los marineros se lanzasen en pos de las sirenas, superando las pérfidas salmodias de estas magas con su música sobrenatural .Como estaba iniciado en los misterios de Dionisio y de los cabiros, actuó también como sacerdote de la tripulación, y persuadió a sus compañeros de las bondades de estas creencias herméticas.

Orfeo fue el mejor músico que ha existido jamás. Cuando tocaba, todos y todo le prestaban atención. Las personas guardaban silencio, los animales se agrupaban a su alrededor, e incluso los árboles bajaban sus ramas para escucharle con todas las hojas. Tocando el laúd, podía cautivar incluso a la más fiera de las bestias – leones y tigres hambrientos – y también hechizar a los peces con su canto, haciéndoles salir del agua. Corría la Edad del Hierro de la humanidad, y la maldad tentaba a todo ser vivo; pero cuando Orfeo tocaba, los corazones se sosegaban, y cuando cantaba, se colmaban de dicha.
Orfeo viajó con Jasón y los Argonautas, pero su mayor aventura fue aquella que tuvo que afrontar sin ayuda. La historia de Orfeo y Eurídice tiene un comienzo feliz: unas nupcias.
La celebración de la boda de Orfeo y su prometida Eurídice llegaba a su fin y algunos de los invitados habían bebido demasiado vino. Aristeo estaba tan ebrio que olvidó todo el respeto que debía a su anfitrión y a su ya esposa. Mientras Orfeo atendía a otros invitados, Aristeo agredió a Eurídice e intentó violarla. Ésta huyó hacia el jardín, y mientras corría, una serpiente venenosa le mordió en el pie. Falleció en el acto.
 La muerte de Eurídice, de Ary Scheffer (1814)

Orfeo abandonó el laúd y no encontró motivo alguno por el que volver a cantar. No soportaba quedarse en casa, tan impregnada de recuerdos de su amada Eurídice, de modo que empezó a vagar por el mundo. No obstante, fuera adonde fuera se sentía incapaz de escapar a sus pensamientos y al anhelo de su difunta esposa. Finalmente recordó el mito de Perséfone, la doncella que había sido raptada y abducida por el mundo inferior. La madre de la joven sufrió de tal modo su pérdida que Zeus se sintió lo bastante conmovido para permitir su regreso al mundo de los vivos. Sin duda Perséfone comprendería el dolor que ahora sentía él si bajaba al mundo subterráneo para cantarle.
Tal vez, al igual que la diosa Perséfone, a su querida Eurídice se le concedería regresar del reino de la muerte. Dado que su espléndido canto podía hechizar a todas las criaturas de al tierra, Orfeo estaba dispuesto a arriesgar su vida ante la posibilidad de conseguir también hechizar al dios y a la diosa del mundo inferior.  

Orfeo en el Averno

Le resultó fácil encontrar el camino que descendía hasta el paladio de Hades, pagar al barquero con una canción y hechizar a Cerbero, el perro de tres cabezas, induciéndole al sueño. No fue tan fácil, sin embargo, cantar en presencia de Hades y Perséfone, puesto que tenía todas sus esperanzas depositadas en aquel momento. Sintió el dolor en el corazón y cantó a Perséfone acerca de su anhelo por la luz del día y por los latidos de su corazón con vida. Sintió añoranza de la amada que había perdido el mismo día de sus nupcias y cantó a Hades sobre su soledad y su condena a un mundo de penumbra. Cantó al dios y a la diosa acerca del corazón refulgente de amor, que derretía el dolor, el aislamiento y la soledad. 

Orphée devant Pluton et Proserpine, de Francois Perrier, 1647-1650)
Muchos creen que Orfeo fue un poeta anterior a Homero. De hecho,
se le atribuye la autoría de numerosos poemas, himnos, oraciones y
obras místicas. También se afirma que Orfeo fue fundador de una
secta religiosa cuyos adeptos se llamaban a sí mismos los Órficos.
Las sombras de los muertos hacía ya largo tiempo que habían olvidado las penurias y los placeres de la vida, pero en ese momento se apiñaban como hacen las aves en invierno para buscar calor. Cuando Orfeo cantó, las Furias, las voces despiadadas de la culpa atormentada, aprendieron a llorar, y las torturas de los perversos cesaron momentáneamente; la rueda de Ixión dejó de girar, la roca de Sísifo quedó en equilibrio, Tántalo olvidó su hambre y su sed, etc. Su maravilloso canto conmovió a la diosa Perséfone hasta tal punto que ésta se compadeció de él y decretó que podía llevarse consigo a Eurídice al mundo de los vivos. La única condición fue que debería caminar en silencio y siempre hacia delante, sin volverse en ningún momento, y en silencio, hasta que alcanzaran el aire. Orfeo vislumbró a su difunta esposa entre las sombras arracimadas y dio media vuelta para deshacer el largo sendero que conducía al mundo de los vivos.


Orfeo y Eurídice, de Pedro Pablo Rubens (1636 - 1638)
Cuando Orfeo regresó a Tracia sin su amada esposa, decidió desdeñar el amor de todas las mujeres. Si bien se considera que ése fue el motivo por el que las ménades lo asesinaron, algunos autores creen que cada una de las furiosas mujeres quería a Orfeo para sí y lo desgarraron en el forcejeo que siguió.

Orfeo saca a Eurídice del infierno, de Jean-Baptiste-Camille Corot (1861)
El mito de Orfeo dio pie a la creación de una teología basada en la inmortalidad del alma. Se suponía que el héroe había tenido durante su estancia en los infiernos revelaciones místicas que plasmó en una serie de rituales, con Dionisio como dios principal. Uno de ellos consistía en poner junto a los difuntos formulas mágicas (las tablillas órficas) que debían recitar a su llegada al mundo de ultratumba para evitar la reencarnación. Estas creencias influyeron en el cristianismo primitivo, que vio en Orfeo una pre-figuración de Cristo. 

Mientras caminaba, empezó a dudar de la advertencia de Perséfone. ¿Estaba Eurídice realmente allí, siguiéndole, o había sido todo una perversa artimaña? Sin duda, si era cierto que Eurídice caminaba tras él, debería oír algo, algún ruido de pasos, su respiración..., pero el silencio seguía siendo absoluto. Siguió caminando hasta que empezó a vislumbrar una luz al frente, en el punto en el que el largo sendero empezaba a ascender hasta el mundo de los vivos. 
Orpheus and Eurydice, Carlsberg Glyptotek (1806)

A pocos pasos de distancia ya, no fue capaz de soportar el silencio y la incertidumbre por más tiempo y se volvió para mirar atrás. Allí estaba su amada Eurídice, con las mejillas anegadas en lágrimas; el viento de la muerte la alejaba de nuevo. Ella alargó los brazos hacia él, pero se encontraba ya demasiado lejos, llamándole con ojos implorantes... Orfeo habría regresado al reino de los muertos en busca de su prometida, pero Caronte, el barquero, le impidió el paso.  

Eurídice vuelve a caer al inframundo, de Enrico Scuri (1805-1884)
Según ciertas versiones, el padre de Orfeo era Eagro, rey de Tracia, pero según otras era Apolo.
Se dice que cuando Apolo entregó a Orfeo la lira de siete cuerdas, el poeta añadió dos más en
memora de las nueve musas, una de las cuales era su madre, Calíope. La dulce música que
tocaba y la belleza de su voz eran capaces incluso de amansar a bestias salvajes.  

Últimos días

Orfeo vagó por el mundo sin descanso hasta el día de su muerto. En Tracia conoció a las Ménades, las desenfrenadas discípulas de Dionisio, que le atacaron con lanzas y piedras, y cuando estas armas se negaron a herir al fabuloso músico, desgarraron su cuerpo. Tal vez Orfeo se había inmiscuido sin pretenderlo en sus rituales sagrados en honor de algún dios, o quizá ellas se vengaran de su rechazo a las mujeres. 
Las Ninfas encuentran la cabeza de Orfeo, John William
Waterhouse (1849-1917)

Tras la muerte del poeta, la lira de Orfeo fue a parar al cielo,
pero su cabeza, cercenada por las mujeres, fue arrojada al mar y
conducida por las corrientes a la isla de Lesbos, donde fue recogida
por una doncella. 

Desde la doble pérdida de su esposa, había sido incapaz de considerar la opción de volver a casarse. Las ménades le arrancaron la cabeza y ésta siguió cantando mientras el río Ebro la arrastraba hacia su desembocadura, y más tarde por el Mediterráneo hasta la isla de Lesbos. Allí fue enterrado con los ritos funerarios apropiados a la ocasión, y su sombra recorrió después la senda habitual hacia el mundo subterráneo, donde por fin pudo reunirse con su prometida Eurídice.




















Orphée, de Jean Delville (1893)
Las musas sintieron un terrible dolor al conocer la muerte de Orfeo. Reunieron los pedazos de su cuerpo y los enterraron en el monte Olimpo. Se dice que el canto de los ruiseñores es más bello allí que en ningún otro lugar. 

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