No hay ningún otro héroe tan ambiguo,
polivalente y cargado de simbolismo como Orfeo, el semidiós de
Tracia. Su fama no procede de hazañas guerreras o de terribles
crímenes familiares, sino de su capacidad para encantar,
literalmente, a cuantos le rodeaban. Gracias a su talento musical,
Orfeo tenía el don de hechizar a los hombres y a los inmortales, de
amansar a las fieras, de modificar la naturaleza e incluso de
apaciguar a las criaturas infernales. Su fuerza no era física, sino
artística y espiritual. Conocido desde tiempos remotos, fue
considerado el poeta, el cantor y el músico por excelencia, y con el
tiempo se convirtió en eje de una religión mistérica, el orfismo,
cuya fundación se le atribuía.
| Orfeo de Karoly Ferenczy (1862 - 1917) En esta representación moderna, el violín ha sustituido a la lira. |
Orfeo era hijo de Eagro, rey de Tracia,
aunque otras tradiciones señalan a Apolo como su padre divino. En
cuanto a su madre, fue sin duda una de las nueve musas, Calíope.
Nada se sabe de su infancia, salvo que muy pronto aprendió a tocar
la lira con insuperable destreza. Aumentó el número de cuerdas de
dicho instrumento, de siete a nueve cuerdas, en honor a las nueve
musas. Sus acordes eran tan melodiosos que conmovían a los seres más
insensibles. Las bestias salvajes se recostaban a su lado y las aves
acudían a escucharlo posadas en las ramas cercanas; los árboles se
inclinaban hacia él y danzaban a su alrededor; los vientos cambiaban
de dirección para ir a su encuentro, y las aguas de los ríos se
detenían al pasar junto a Orfeo. Todas estas alegorías maravillosas
tratan de explicar el efecto que tuvo su talento en las costumbres
feroces de los tracios, haciéndoles pasar del estado salvaje a las
dulzuras de la vida civilizada.
La reputación de Orfeo como sabio y
poeta inspirado por los olímpicos se extendió por el mundo antiguo
a raíz de la expedición de los argonautas, que tuvieron el honor de
contar con su participación. Como carecía de la fortaleza de los
demás héroes no remó durante el viaje, sino que se encargaba de
dar cadencia a la boga con sus cantos. Obró diversos prodigios, como
mover el Argo cuando estaba varado a fuerza de sones melodiosos,
calmar una tempestad o impedir que los marineros se lanzasen en pos
de las sirenas, superando las pérfidas salmodias de estas magas con
su música sobrenatural .Como estaba iniciado en los misterios de
Dionisio y de los cabiros, actuó también como sacerdote de la
tripulación, y persuadió a sus compañeros de las bondades de estas
creencias herméticas.
Orfeo fue el mejor músico que ha
existido jamás. Cuando tocaba, todos y todo le prestaban atención.
Las personas guardaban silencio, los animales se agrupaban a su
alrededor, e incluso los árboles bajaban sus ramas para escucharle
con todas las hojas. Tocando el laúd, podía cautivar incluso a la
más fiera de las bestias – leones y tigres hambrientos – y
también hechizar a los peces con su canto, haciéndoles salir del
agua. Corría la Edad del Hierro de la humanidad, y la maldad tentaba
a todo ser vivo; pero cuando Orfeo tocaba, los corazones se
sosegaban, y cuando cantaba, se colmaban de dicha.
Orfeo viajó con Jasón y los
Argonautas, pero su mayor aventura fue aquella que tuvo que afrontar
sin ayuda. La historia de Orfeo y Eurídice tiene un comienzo feliz:
unas nupcias.
La celebración de la boda de Orfeo y
su prometida Eurídice llegaba a su fin y algunos de los invitados
habían bebido demasiado vino. Aristeo estaba tan ebrio que olvidó
todo el respeto que debía a su anfitrión y a su ya esposa. Mientras
Orfeo atendía a otros invitados, Aristeo agredió a Eurídice e
intentó violarla. Ésta huyó hacia el jardín, y mientras corría,
una serpiente venenosa le mordió en el pie. Falleció en el acto.
![]() |
| La muerte de Eurídice, de Ary Scheffer (1814) |
Orfeo abandonó el laúd y no encontró
motivo alguno por el que volver a cantar. No soportaba quedarse en
casa, tan impregnada de recuerdos de su amada Eurídice, de modo que
empezó a vagar por el mundo. No obstante, fuera adonde fuera se
sentía incapaz de escapar a sus pensamientos y al anhelo de su
difunta esposa. Finalmente recordó el mito de Perséfone, la
doncella que había sido raptada y abducida por el mundo inferior. La
madre de la joven sufrió de tal modo su pérdida que Zeus se sintió
lo bastante conmovido para permitir su regreso al mundo de los vivos.
Sin duda Perséfone comprendería el dolor que ahora sentía él si
bajaba al mundo subterráneo para cantarle.
Tal vez, al igual que la diosa
Perséfone, a su querida Eurídice se le concedería regresar del
reino de la muerte. Dado que su espléndido canto podía hechizar a
todas las criaturas de al tierra, Orfeo estaba dispuesto a arriesgar
su vida ante la posibilidad de conseguir también hechizar al dios y
a la diosa del mundo inferior.
Orfeo en el Averno
Le resultó fácil encontrar el camino
que descendía hasta el paladio de Hades, pagar al barquero con una
canción y hechizar a Cerbero, el perro de tres cabezas, induciéndole
al sueño. No fue tan fácil, sin embargo, cantar en presencia de
Hades y Perséfone, puesto que tenía todas sus esperanzas
depositadas en aquel momento. Sintió el dolor en el corazón y cantó
a Perséfone acerca de su anhelo por la luz del día y por los
latidos de su corazón con vida. Sintió añoranza de la amada que
había perdido el mismo día de sus nupcias y cantó a Hades sobre su
soledad y su condena a un mundo de penumbra. Cantó al dios y a la
diosa acerca del corazón refulgente de amor, que derretía el dolor,
el aislamiento y la soledad.
Las sombras de los muertos hacía ya largo tiempo que habían olvidado las penurias y los placeres de la vida, pero en ese momento se apiñaban como hacen las aves en invierno para buscar calor. Cuando Orfeo cantó, las Furias, las voces despiadadas de la culpa atormentada, aprendieron a llorar, y las torturas de los perversos cesaron momentáneamente; la rueda de Ixión dejó de girar, la roca de Sísifo quedó en equilibrio, Tántalo olvidó su hambre y su sed, etc. Su maravilloso canto conmovió a la diosa Perséfone hasta tal punto que ésta se compadeció de él y decretó que podía llevarse consigo a Eurídice al mundo de los vivos. La única condición fue que debería caminar en silencio y siempre hacia delante, sin volverse en ningún momento, y en silencio, hasta que alcanzaran el aire. Orfeo vislumbró a su difunta esposa entre las sombras arracimadas y dio media vuelta para deshacer el largo sendero que conducía al mundo de los vivos.
Mientras caminaba, empezó a dudar de
la advertencia de Perséfone. ¿Estaba Eurídice realmente allí,
siguiéndole, o había sido todo una perversa artimaña? Sin duda, si
era cierto que Eurídice caminaba tras él, debería oír algo, algún
ruido de pasos, su respiración..., pero el silencio seguía siendo
absoluto. Siguió caminando hasta que empezó a vislumbrar una luz al
frente, en el punto en el que el largo sendero empezaba a ascender
hasta el mundo de los vivos.
![]() |
| Orpheus and Eurydice, Carlsberg Glyptotek (1806) |
A pocos pasos de distancia ya, no fue
capaz de soportar el silencio y la incertidumbre por más tiempo y se
volvió para mirar atrás. Allí estaba su amada Eurídice, con las
mejillas anegadas en lágrimas; el viento de la muerte la alejaba de
nuevo. Ella alargó los brazos hacia él, pero se encontraba ya
demasiado lejos, llamándole con ojos implorantes... Orfeo habría
regresado al reino de los muertos en busca de su prometida, pero
Caronte, el barquero, le impidió el paso.
Últimos días
Orfeo vagó por el mundo sin descanso
hasta el día de su muerto. En Tracia conoció a las Ménades, las
desenfrenadas discípulas de Dionisio, que le atacaron con lanzas y
piedras, y cuando estas armas se negaron a herir al fabuloso músico,
desgarraron su cuerpo. Tal vez Orfeo se había inmiscuido sin
pretenderlo en sus rituales sagrados en honor de algún dios, o quizá
ellas se vengaran de su rechazo a las mujeres.
Desde la doble pérdida
de su esposa, había sido incapaz de considerar la opción de volver
a casarse. Las ménades le arrancaron la cabeza y ésta siguió
cantando mientras el río Ebro la arrastraba hacia su desembocadura,
y más tarde por el Mediterráneo hasta la isla de Lesbos. Allí fue
enterrado con los ritos funerarios apropiados a la ocasión, y su
sombra recorrió después la senda habitual hacia el mundo
subterráneo, donde por fin pudo reunirse con su prometida Eurídice.
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