viernes, 2 de mayo de 2014

Un paseo por el Olimpo III - Las características comunes a todas las divinidades


3. Tienen el don de la metamorfosis


Las divinidades se pueden metamorfosear en persona, animal o fenómeno natural según les convenga.
  • Mito de Europa. Metamorfosis de Zeus transformado en toro para poseer a Europa.
La mañana era radiante. Europa jugaba junto a otras jóvenes en las doradas arenas de la playa. Zeus, desde la bóveda celeste, contemplaba con curiosidad la escena. La hasta hace poco niña era hoy una mujer de hermosas formas a las que acompañaba un delicado rostro. El semblante del dios se alegraba cada vez que la túnica de la doncella se escurría dejando ver su escultural seno.
- ¡Qué belleza es su faz y que perfecto su cuerpo! – se dijo.
Y siguió mirándola mientras la curiosidad iba abriendo camino a la pasión. Enrarecido por ésta, Zeus se metamorfoseó en un toro de resplandeciente blancura y cuernos semejantes a un creciente lunar. De esta guisa bajó a la tierra y fue a tenderse a orillas del mar al lado de Europa.
- ¡Qué bonito toro! – pensó ella -, su color es exactamente igual como el de la nieve cuando no lleva la huella de duros pies ni ha sido derretida por el lluvioso austro; el cuello se yergue poderoso, entre las patas cuelga la papada, y los cuernos pequeños, si, pero tales que se diría que están hechos a mano, y más diáfanos que una gema transparente. No hay amenaza en su rostro ni fiereza e su mirada; su semblante es pacífico.
Europa no sintió miedo y comenzó a jugar con el toro; tejió una guirnalda con las flores que llevaba en su mano y se la colgó en la cornamenta. Después, retozona, saltó sobre su lomo, y, entre sisas y gritos de alegría dejó que el animal la llevara hasta el mar. Poco a poco el astado fue alejándose de la orilla y comenzó un viaje a nado. Europa se abrazó a él; para no caer, sus manos se aferraban con fuerza a los cuernos.
La travesía terminó en la parte más occidental de la tierra, que desde entonces tomó el nombre de la doncella, Europa. Una enorme ola depositó a la joven y al toro; allí Zeus amó a la muchacha. Sabio en estas lides, escogió un idílico lugar donde la princesa conoció los goces celestes que el gran amador derrochaba: fue en un bosquecillo de sauces mecidos por la brisa, acunados por el murmullo del discurrir de las aguas de un arroyo y bajo la sombra de un platanero que desde entonces conserva perennes sus hojas.


Europa dio tres vástagos a Zeus: Minos, Sarpedón y Radamantis. Europa recibió honores divinos al morir, y la figura de toro que adoptó Zeus en su día, ya como constelación, fue colocada entre los signos del zodiaco. Se le domina Tauro.

El rapto de Europa, Peter Paul Rubens (1628-1629)


  • Mito de Alcmena. Metamorfosis de Zeus transformado en persona para poseer a Alcmena. 
Alcmena está casada con Anfitrión. Un día Anfitrión se embarca en un viaje lejos de casa, tiempo que aprovecha Zeus. Éste, como sabía que Alcmena estaba muy enamorada de su marido, se metamorfosea en Anfitrión. Alcmena, cegada por la apariencia, tiene con el dios la noche de amor más larga de la mitología. Zeus había pedido a Eos (la luz de la mañana) que aquel día no saliese así el carro de Helios no vería el momento de salir y la noche seguiría.
Alcmena queda embarazada y, a la mañana siguiente llega el verdadero Anfitrión, que llega con el deseo de poseer a su esposa. Ella no lo entiende, pero cede y queda otra vez embarazada. Alcmena da a luz a mellizos. Uno es humano, Ifis, y el otro es un héroe, Heracles, que será el hijo favorito de Zeus. (Motivo por el cual, Heracles, tendrá que sufrir durante toda la vida la cólera de Hera).
  • Mito de Dánae. Metamorfosis de Zeus en lluvia de oro para poseer a Dánae.
Crecía en el vientre de su madre los dos gemelos hijos del rey de Argos, cuando ya comenzaron a pelearse. La enemistad entre Preto y Acrisio no decreció al hacerse mayores; a la muerte de su padre lucharon por el trono y, tras la prolongada guerra, Preto fue arrojado de Argos por Acrisio quién subió al trono y casó después con Eurídice. Ambos fueron padres de una hija bellísima de nombre Dánae.
Supo el monarca por medio de un oráculo que, en su día, un nieto le causaría la muerte. Asustado por la predicción, trató de evitar la descendencia de su hija encerrándola en un sótano con puertas de bronce y vigiladas por la guardia de palacio.
La pupila del gran Zeus – a la que pocas cosas escapan-, se fijó en la belleza de la muchacha y un buen día, seducido por la hermosura de su cuerpo, se transformó en lluvia de oro. Se coló por una grieta del techo y fue a caer sobre el sexo de la virgen que se abandonó, para recibirlo, transportada en un embriagador y placentero sopor.
Nueve meses más tarde, fruto de aquella certera lluvia, nacía Perseo. Dánae pudo traerlo al mundo y criarlo durante algunos días; pero el llanto del niño en una madrugada atrajo la atención del rey Acrisio, quien supo la verdad de labios de su hija. No creó el monarca la fecundación divina, más bien supuso que la seducción había partido de su hermano Preto y, atendiendo al vaticinio del oráculo, ordeno meter en un arca de madera a hija y nieto, y los arrojó al mar con la esperanza de que pereciesen en él.
Mas los designios de los dioses no coincidieron con los del soberano; el arcón llegó a la isla de Serifos; allí un pescador lo encontró en las arenas de la playa donde había sido arrojado por las olas. Al abrirlo, encontró a sus ocupantes sanos y salvos.
Pasó el tiempo y Perseo, ya casado con Andrómeda, concibió la idea de regresar a Argos para reconciliarse con su abuelo. Enterado Acrisio del posible viaje de su nieto y recordando el mal augurio que pesaba sobre su vida, abandonó Argos por unos días y e hospedó en Larisa, corte del rey Tautámides. Coincidió su llegada con el fallecimiento del padre de este monarca, en cuyo honor se organizaron juegos fúnebres; Perseo, buen atleta, se presentó competidor sin saber que Acrisio era huésped del palacio de Larisa.
En plena celebración de los juegos, justo en el momento en que el hijo de Dánae lanzaba su disco, se levantó un viento huracanado, desviando el proyectil que fue a dar fatalmente en al cabeza del rey de Argos, espectador en los juegos, originándole la muerte instantánea.
Perseo dio sepultura a su abuelo, y sollozando, le despidió con estas palabras:
- ¡Descansa en paz, Acrisio. Durante toda tu vida luchaste contra el fatal vaticinio; al final, el mal presagio nos venció a los dos!

Dánae recibiendo la lluvia de oro, Tiziano (1553)

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