lunes, 7 de noviembre de 2016

Un paseo por el Olimpo III - Las primeras generaciones divinas

Véase antes: II - La Castración de Urano.



      3. Destronamiento de Cronos



[Los hijos de Urano] luego de expulsar del poder a su padre, subieron a los hermanos que habían sido arrojados al Tártaro y le dieron el poder a Crono. Pero Crono de nuevo, atándolos, los encerró en el Tártaro y casándose con su hermana Rea, a raíz de que Gea y Urano le habían profetizado que le sería arrebatado el poder por su propio hijo, devoraba a sus retoños recién nacidos. A la primera que nació, Hestia, se la tragó, después a Deméter y a Hera, tras las cuales, a Plutón y Poseidón. Irritada por esto, Rea se retiró a Creta, cuando coincidió que se hallaba encinta de Zeus y dio a luz en la cueva de Dicte. Se lo entrega a los Curetes y a las ninfas para que lo criaran. Por tanto ellas alimentaban al niño con la leche de Amaltea, mientras los Curetes armados custodiaban a la criatura en la cueva y entrechocaban los escudos con las lanzas, para que Crono no oyese la voz del niño. Y Rea, envuelta una piedra en pañales, se la daba a Crono para que se la tragara como si fuera el niño recién nacido. 
Una vez que Zeus hubo crecido, tomó Metis, la hija de Océano, como apoyo. Ésta le dio a tragar a Crono un bebedizo que le obliga a vomitar primero la piedra y después a los hijos que había devorado. Con ellos Zeus inició una guerra contra Crono y los Titanes. Y habiendo estado en guerra durante diez años, Gea vaticinó a Zeus la victoria si lograba tener por aliados a los que habían sido arrojados al Tártaro. Aquel, dando muerte a Campe, que los vigilaba, desató sus ligaduras. Entonces los Cíclopes dieron a Zeus el trueno, el relámpago y el rayo; a Plutón el yelmo y a Poseidón el tridente. Armados así vencen a los Titanes y encerrándolos en el Tártaro pusieron como guardias a los Hecatónquiros. Echan a suertes el poder y le toca a Zeus el dominio del cielo, a Poseidón el del mar y a Plutón el del Hades. 

                                                                                         Apolodoro, BM


[TERCERA GENERACIÓN DE DIOSES]



Rea, sometida por Crono, engendró gloriosos hijos; Hestia, Deméter, Hera, de sandalias de oro; el robusto Hades, que habita moradas bajo la tierra con despiadado pecho; el retumbante Poseidón y el prudente Zeus, padre de dioses y hombres, bajo cuyo trueno se agita la amplia tierra. 

A ellos los devoraba el gran Crono cuando cada uno desde el sagrado vientre de su madre llegaba a sus rodillas, tramando esto para que ninguno otro de los nobles descendientes de Urano obtuviera la dignidad real entre los inmortales. Pues por Gea y el estrellado Urano se había enterado de que tenía como destino morir a manos de su hijo, aunque fuera fuerte, [...] Por esto no descuidaba la vigilancia, sino que, siempre al acecho, devoraba a sus hijos, y Rea sufría terriblemente. 


Pero cuando iba a dar a luz a Zeus, padre de dioses y hombres, suplicaba a sus padres [a los de Gea y al estrellado Urano] que le ayudaran en su plan, para que sin que se diera cuenta pariera a su hijo y vengara las Erinias de su padre [y de los hijos que se tragó el gran Crono de astuta mente].

Saturno devorando a su hijo, de Peter Paul Rubens (1577-1640).
A Crono siempre se le representaba con la hoz en la mano,
la misma con la que había castrado a su padre.
Crono engullía a todos sus hijos en el mismo momento de nacer.
 

[...] lo ocultó en una escarpada cueva, bajo las entrañas de la divina tierra, en el monte Egeo, poblado de árboles. Y envolviendo en pañales una gran piedra se la puso en sus manos al gran soberano Uránida, rey de los primeros dioses. Aquél entonces, cogiéndola con sus manos, la puso en su vientre, ¡desdichado!, y no se dio cuenta en su mente de que detrás, en lugar de una piedra, quedaba su invencible e imperturbable hijo, que pronto, sometiéndolo con la violencia de sus manos, lo iba a despojar de sus atributos e iba a gobernar entre los inmortales. 


Rápidamente crecieron la fuerza y los gloriosos miembros del soberano, y al llegar el momento oportuno, engañado por las muy sabias sugerencias de Gea, el gran astuto Crono vomitó a sus hijos [vencido por las artes y violencia de su hijo]. Pero primeramente echó fuera la piedra, puesto que era lo último que se tragó. Zeus la fijó
sobre la tierra de anchos caminos en la muy sagrada Pitó, en las cavidades del Parnaso, para que fuera un símbolo para la posteridad, maravilla para los hombres mortales. 

Liberó a los hermanos de su padre de sus fuertes ataduras [a Brontes, a Estéropes y a Arges, de violento ánimo], los Uránidas, a los que su padre en su locura encadenó. Éstos le guardaron reconocimiento
2 por sus buenas acciones y le dieron el trueno, el llameante rayo y  el relámpago, que antes los escondía la inmensa Gea, y apoyado en ellos gobierna sobre mortales e inmortales. 


Texto extraído de una traducción de la Teogonía de Hesíodo, un poeta griego del siglo VII a. de C.; hemos leído la narración de lo que se conoce como la Segunda Revolución de los dioses, organizada, una vez más por Gea; esta vez ayuda Zeus a derrotar a su padre Cronos. 

Después de esta lucha, Gea no queda del todo contenta, porque considera que algunos de sus nietos se habían quedado al margen de la lucha. Por eso se une con Tártaro y engendra con él un monstruo de fuerza prodigiosa, Tifón, que declara la guerra a los dioses, enfrentándose durante mucho tiempo. 

Tifón es un ser medio hombre medio fiera, era más alto y más fuerte que todos sus otros hijos de Gea; con la cabeza tocaba el cielo, cuando extendía los brazos con una mano tocaba occidente y con la otra oriente, y en lugar de dedos tenía cabezas de dragón. De cintura para abajo estaba envuelto en alacranes, tenía alas y le salían llamaradas por los ojos. 

Con el destronamiento de Cronos, la victoria de Zeus y el repartimiento del poder quedan ya definidas las primeras divinidades que ocupan el Olimpo clássico. Con Zeus y sus hermanos comienzan el que se consideran las divinidades olímpicas, los dioses y las diosas que constituirán el panteón clásico. 






1Actualmente se puede contemplar en Delfos una enorme piedra que se considera el omphalos (ombligo) del mundo y que, según la leyenda, es la que Crono se tragó en lugar de Zeus. Se ha pensado que sea un meteorito, pues, al proceder éstos del cielo, se consideraban sagrados.

2Porque liberó a los cíclopes que le dieron el rayo con el que derrotó a los Titanes y Tifón. La historia afecta a la liberación de sus hermanos y, también, a la titanomaquia con los centimanos. 






                                                                        Continuación en: IV - Los dioses supremos del Olimpo.



domingo, 28 de diciembre de 2014

Un paseo por el Olimpo II – Las primeras generaciones divinas

Véase antes: I – Las fuerzas primordiales.



           2.La Castración de Urano



[ PRIMERA GENERACIÓN DE DIOSES]

[La monstruosa Gea en su interior se lamentaba oprimida y tramó una malvada artimaña.]

Tras haber creado al punto una especie de blanco acero, fabricó una gran hoz y explicó el plan a sus hijos. Les habló valerosa pero afligida en su corazón:

«Hijos míos y de orgulloso padre. Si queréis obedecerme, vengaremos el malvado ultraje de vuestro padre, pues él fue el que empezó a maquinar obras indignas».
Así dijo y, como es natural, de todos se apoderó el temor, de modo que ninguno se atrevió a contestar; pero el poderoso Crono, astuto, cobrando ánimo, al punto respondió a su respetable madre:

«Madre, te prometo que puedo realizar ese trabajo, puesto que no siento preocupación alguna por nuestro odioso padre, ya que fue el primero en maquinar obras indignas».
De este modo se expresó y las monstruosa Gea mucho se alegró en su mente. Tras ocultarlo, lo colocó para la emboscada; puso en su mano una hoz de agudos dientes y le enseñó todo el engaño.

Vino el poderoso Urano trayendo la noche y deseoso de amor se echó sobre Gea y se extendió por todas las partes. Su hijo desde la emboscada lo alcanzó con la mano izquierda, a la vez que con la derecha tomó la monstruosa hoz, larga, de agudos dientes, y a toda prisa segó los genitales de su padre y los arrojó hacia atrás1.

La Mutilación de Urano, Giorgio Vasari y Gherardi Christofano (s. XVII)

Estros verdaderamente no en vano escaparon de su mano, pues cuantas gotas de sangre desprendieron, todas las recogió Gea y, transcurrido un tiempo, dio a luz a las poderosas Erinias2, a los grandes Gigantes3, resplandecientes con el brillo de sus armas, con largas lanzas en sus manos, y a las Ninfas4 que llaman Melias en la inmensa tierra.

Texto extraído de una traducción de la Teogonía de Hesíodo, un poeta griego del siglo VII a. de C.; éste es el episodio del que se considera la Primera Revolución de las Divinidades o Fuerzas Primordiales. Después vendrá una Segunda Revolución, ya que Cronos, una vez destronado su padre, coge las riendas del poder y se revelará como un tirano igual o peor que su padre; fue víctima, en efecto, del mismo miedo de ser destronado por algunos de sus hijos. Para evitar que lo destronasen, también él encerró a toda su descendencia en el Tártaro.

En el texto de Hesíodo, nos explica algunos de los seres que surgen del fruto de la mutilación de Urano. Efectivamente, de la sangre de la herida, en caer al suelo y fecundarla, nacen las Erinias, los Gigantes y las Ninfas que cohabitan con los árboles; pero de la misma herida también salió esperma, que cayó en las olas del mar. De está unión del esperma de Urano con las olas del mar, nació Afrodita.


1El que Deucalión y Pirra tuvieran que arrojar «hacia atrás» las piedras de las que nacerían los hombres, y Orfeo no debiera mirar «hacia atrás» antes de llegar a la tierra, hace pensar en que ese gesto implica una creencia mágica. En este caso intentaría que esos órganos se quedaran «atrás» y no causaran problemas en el futuro.

2Erinias: Tisífone, la vengadora del crimen, Megera, la de los celos, y Alecto, la siempre encolerizada. Hijas de Urano y Gea, o de la sangre derramada cuando Crono castró a Urano, vivían en el infierno y ascendían a la Tierra para vengar los delitos de sangre. Aparecen en el mito de Orestes, quien había matado a su madre, Clitemnestra y es perseguido por ellas. En Roma eran conocidas como Furias.

3Gigantes: hijos de Urano y Gea, nacidos de la sangre del primero cuando Crono le cortó los genitales y su sangre salpicó a Gea, la Tierra. Eran hermanos de las Erinias y las Melíades. Se enfrentaron a los dioses durante la llamada «Gigantomaquia», pero fueron derrotados por aquellos con la ayuda de Heracles. Sus nombres eran Agrio, Alción, Alpo, Athos, Clitio, Ctonio, Damasén, Efríaltes, Encélado, Éurito, Gración, Hipólito, Mimas, Palas, Peloro, Polibotes, Porfirión, Tifón y Toante.

4Melíades (Ninfas): ninfas de los árboles (dríades) relacionadas con los fresnos. Vivían dentro de uno de éstos árboles desde su nacimiento. Surgen de las gotas de sangre derramadas cuando Crono castra a Urano. La más conocida es Melia.






martes, 23 de diciembre de 2014

Orfeo


No hay ningún otro héroe tan ambiguo, polivalente y cargado de simbolismo como Orfeo, el semidiós de Tracia. Su fama no procede de hazañas guerreras o de terribles crímenes familiares, sino de su capacidad para encantar, literalmente, a cuantos le rodeaban. Gracias a su talento musical, Orfeo tenía el don de hechizar a los hombres y a los inmortales, de amansar a las fieras, de modificar la naturaleza e incluso de apaciguar a las criaturas infernales. Su fuerza no era física, sino artística y espiritual. Conocido desde tiempos remotos, fue considerado el poeta, el cantor y el músico por excelencia, y con el tiempo se convirtió en eje de una religión mistérica, el orfismo, cuya fundación se le atribuía.

Orfeo de Karoly Ferenczy (1862 - 1917)
En esta representación moderna, el violín ha sustituido a la lira.
Orfeo era hijo de Eagro, rey de Tracia, aunque otras tradiciones señalan a Apolo como su padre divino. En cuanto a su madre, fue sin duda una de las nueve musas, Calíope. Nada se sabe de su infancia, salvo que muy pronto aprendió a tocar la lira con insuperable destreza. Aumentó el número de cuerdas de dicho instrumento, de siete a nueve cuerdas, en honor a las nueve musas. Sus acordes eran tan melodiosos que conmovían a los seres más insensibles. Las bestias salvajes se recostaban a su lado y las aves acudían a escucharlo posadas en las ramas cercanas; los árboles se inclinaban hacia él y danzaban a su alrededor; los vientos cambiaban de dirección para ir a su encuentro, y las aguas de los ríos se detenían al pasar junto a Orfeo. Todas estas alegorías maravillosas tratan de explicar el efecto que tuvo su talento en las costumbres feroces de los tracios, haciéndoles pasar del estado salvaje a las dulzuras de la vida civilizada.
La reputación de Orfeo como sabio y poeta inspirado por los olímpicos se extendió por el mundo antiguo a raíz de la expedición de los argonautas, que tuvieron el honor de contar con su participación. Como carecía de la fortaleza de los demás héroes no remó durante el viaje, sino que se encargaba de dar cadencia a la boga con sus cantos. Obró diversos prodigios, como mover el Argo cuando estaba varado a fuerza de sones melodiosos, calmar una tempestad o impedir que los marineros se lanzasen en pos de las sirenas, superando las pérfidas salmodias de estas magas con su música sobrenatural .Como estaba iniciado en los misterios de Dionisio y de los cabiros, actuó también como sacerdote de la tripulación, y persuadió a sus compañeros de las bondades de estas creencias herméticas.

Orfeo fue el mejor músico que ha existido jamás. Cuando tocaba, todos y todo le prestaban atención. Las personas guardaban silencio, los animales se agrupaban a su alrededor, e incluso los árboles bajaban sus ramas para escucharle con todas las hojas. Tocando el laúd, podía cautivar incluso a la más fiera de las bestias – leones y tigres hambrientos – y también hechizar a los peces con su canto, haciéndoles salir del agua. Corría la Edad del Hierro de la humanidad, y la maldad tentaba a todo ser vivo; pero cuando Orfeo tocaba, los corazones se sosegaban, y cuando cantaba, se colmaban de dicha.
Orfeo viajó con Jasón y los Argonautas, pero su mayor aventura fue aquella que tuvo que afrontar sin ayuda. La historia de Orfeo y Eurídice tiene un comienzo feliz: unas nupcias.
La celebración de la boda de Orfeo y su prometida Eurídice llegaba a su fin y algunos de los invitados habían bebido demasiado vino. Aristeo estaba tan ebrio que olvidó todo el respeto que debía a su anfitrión y a su ya esposa. Mientras Orfeo atendía a otros invitados, Aristeo agredió a Eurídice e intentó violarla. Ésta huyó hacia el jardín, y mientras corría, una serpiente venenosa le mordió en el pie. Falleció en el acto.
 La muerte de Eurídice, de Ary Scheffer (1814)

Orfeo abandonó el laúd y no encontró motivo alguno por el que volver a cantar. No soportaba quedarse en casa, tan impregnada de recuerdos de su amada Eurídice, de modo que empezó a vagar por el mundo. No obstante, fuera adonde fuera se sentía incapaz de escapar a sus pensamientos y al anhelo de su difunta esposa. Finalmente recordó el mito de Perséfone, la doncella que había sido raptada y abducida por el mundo inferior. La madre de la joven sufrió de tal modo su pérdida que Zeus se sintió lo bastante conmovido para permitir su regreso al mundo de los vivos. Sin duda Perséfone comprendería el dolor que ahora sentía él si bajaba al mundo subterráneo para cantarle.
Tal vez, al igual que la diosa Perséfone, a su querida Eurídice se le concedería regresar del reino de la muerte. Dado que su espléndido canto podía hechizar a todas las criaturas de al tierra, Orfeo estaba dispuesto a arriesgar su vida ante la posibilidad de conseguir también hechizar al dios y a la diosa del mundo inferior.  

Orfeo en el Averno

Le resultó fácil encontrar el camino que descendía hasta el paladio de Hades, pagar al barquero con una canción y hechizar a Cerbero, el perro de tres cabezas, induciéndole al sueño. No fue tan fácil, sin embargo, cantar en presencia de Hades y Perséfone, puesto que tenía todas sus esperanzas depositadas en aquel momento. Sintió el dolor en el corazón y cantó a Perséfone acerca de su anhelo por la luz del día y por los latidos de su corazón con vida. Sintió añoranza de la amada que había perdido el mismo día de sus nupcias y cantó a Hades sobre su soledad y su condena a un mundo de penumbra. Cantó al dios y a la diosa acerca del corazón refulgente de amor, que derretía el dolor, el aislamiento y la soledad. 

Orphée devant Pluton et Proserpine, de Francois Perrier, 1647-1650)
Muchos creen que Orfeo fue un poeta anterior a Homero. De hecho,
se le atribuye la autoría de numerosos poemas, himnos, oraciones y
obras místicas. También se afirma que Orfeo fue fundador de una
secta religiosa cuyos adeptos se llamaban a sí mismos los Órficos.
Las sombras de los muertos hacía ya largo tiempo que habían olvidado las penurias y los placeres de la vida, pero en ese momento se apiñaban como hacen las aves en invierno para buscar calor. Cuando Orfeo cantó, las Furias, las voces despiadadas de la culpa atormentada, aprendieron a llorar, y las torturas de los perversos cesaron momentáneamente; la rueda de Ixión dejó de girar, la roca de Sísifo quedó en equilibrio, Tántalo olvidó su hambre y su sed, etc. Su maravilloso canto conmovió a la diosa Perséfone hasta tal punto que ésta se compadeció de él y decretó que podía llevarse consigo a Eurídice al mundo de los vivos. La única condición fue que debería caminar en silencio y siempre hacia delante, sin volverse en ningún momento, y en silencio, hasta que alcanzaran el aire. Orfeo vislumbró a su difunta esposa entre las sombras arracimadas y dio media vuelta para deshacer el largo sendero que conducía al mundo de los vivos.


Orfeo y Eurídice, de Pedro Pablo Rubens (1636 - 1638)
Cuando Orfeo regresó a Tracia sin su amada esposa, decidió desdeñar el amor de todas las mujeres. Si bien se considera que ése fue el motivo por el que las ménades lo asesinaron, algunos autores creen que cada una de las furiosas mujeres quería a Orfeo para sí y lo desgarraron en el forcejeo que siguió.

Orfeo saca a Eurídice del infierno, de Jean-Baptiste-Camille Corot (1861)
El mito de Orfeo dio pie a la creación de una teología basada en la inmortalidad del alma. Se suponía que el héroe había tenido durante su estancia en los infiernos revelaciones místicas que plasmó en una serie de rituales, con Dionisio como dios principal. Uno de ellos consistía en poner junto a los difuntos formulas mágicas (las tablillas órficas) que debían recitar a su llegada al mundo de ultratumba para evitar la reencarnación. Estas creencias influyeron en el cristianismo primitivo, que vio en Orfeo una pre-figuración de Cristo. 

Mientras caminaba, empezó a dudar de la advertencia de Perséfone. ¿Estaba Eurídice realmente allí, siguiéndole, o había sido todo una perversa artimaña? Sin duda, si era cierto que Eurídice caminaba tras él, debería oír algo, algún ruido de pasos, su respiración..., pero el silencio seguía siendo absoluto. Siguió caminando hasta que empezó a vislumbrar una luz al frente, en el punto en el que el largo sendero empezaba a ascender hasta el mundo de los vivos. 
Orpheus and Eurydice, Carlsberg Glyptotek (1806)

A pocos pasos de distancia ya, no fue capaz de soportar el silencio y la incertidumbre por más tiempo y se volvió para mirar atrás. Allí estaba su amada Eurídice, con las mejillas anegadas en lágrimas; el viento de la muerte la alejaba de nuevo. Ella alargó los brazos hacia él, pero se encontraba ya demasiado lejos, llamándole con ojos implorantes... Orfeo habría regresado al reino de los muertos en busca de su prometida, pero Caronte, el barquero, le impidió el paso.  

Eurídice vuelve a caer al inframundo, de Enrico Scuri (1805-1884)
Según ciertas versiones, el padre de Orfeo era Eagro, rey de Tracia, pero según otras era Apolo.
Se dice que cuando Apolo entregó a Orfeo la lira de siete cuerdas, el poeta añadió dos más en
memora de las nueve musas, una de las cuales era su madre, Calíope. La dulce música que
tocaba y la belleza de su voz eran capaces incluso de amansar a bestias salvajes.  

Últimos días

Orfeo vagó por el mundo sin descanso hasta el día de su muerto. En Tracia conoció a las Ménades, las desenfrenadas discípulas de Dionisio, que le atacaron con lanzas y piedras, y cuando estas armas se negaron a herir al fabuloso músico, desgarraron su cuerpo. Tal vez Orfeo se había inmiscuido sin pretenderlo en sus rituales sagrados en honor de algún dios, o quizá ellas se vengaran de su rechazo a las mujeres. 
Las Ninfas encuentran la cabeza de Orfeo, John William
Waterhouse (1849-1917)

Tras la muerte del poeta, la lira de Orfeo fue a parar al cielo,
pero su cabeza, cercenada por las mujeres, fue arrojada al mar y
conducida por las corrientes a la isla de Lesbos, donde fue recogida
por una doncella. 

Desde la doble pérdida de su esposa, había sido incapaz de considerar la opción de volver a casarse. Las ménades le arrancaron la cabeza y ésta siguió cantando mientras el río Ebro la arrastraba hacia su desembocadura, y más tarde por el Mediterráneo hasta la isla de Lesbos. Allí fue enterrado con los ritos funerarios apropiados a la ocasión, y su sombra recorrió después la senda habitual hacia el mundo subterráneo, donde por fin pudo reunirse con su prometida Eurídice.




















Orphée, de Jean Delville (1893)
Las musas sintieron un terrible dolor al conocer la muerte de Orfeo. Reunieron los pedazos de su cuerpo y los enterraron en el monte Olimpo. Se dice que el canto de los ruiseñores es más bello allí que en ningún otro lugar. 

domingo, 21 de diciembre de 2014

Deucalión y Pirra


En todas las mitologías hay un momento en el que la divinidad considera que no es suficientemente venerada. Siempre se envía como castigo un diluvio, porqué el agua es la única esencia que el hombre no puede parar. Recordemos, por ejemplo, el arca de Noé. En todos los casos siempre queda algún hombre vivo, porqué sí la humanidad se extinguiera, los dioses se extinguirían con ella. 


  • ResumenMetamorfosis, Libro primero - Ovidio, poeta romano del VII d. C.

Licaón

- El banquete de Licaón

En cuanto los dioses ganaron la guerra contra los titanes, los problemas empezaron a surgir entre los seres humanos que poblaban la Tierra. Algunos afirman que los primeros fueron creados por Prometeo, y que ése es el motivo por el que resultaron tan irrespetuoso con los dioses. En Arcadia, el tirano Licaón se negó a adorar a los dioses y se burlaba de su pueblo por creer en ellos. Zeus se disfrazó de hombre mortal y se dirigió a Arcadia para averiguar en persona el grado de maldad con el que podía llegar a actuar Licaón.Cuando el rey de los reyes les dijo a los campesinos y a los lugareños que no era un mortal sino un dios, éstos le creyeron y empezaron a venerarlo como merecía. Pero Licaón no escuchó al viajero y comenzó a mofarse de la ingenuidad de sus fieles. Llegó incluso a prometer a sus vecinos que sometería al charlatán a una prueba que no podía fallar.  «Todo el mundo sabe que los dioses son inmortales - dijo Licaón -. Lo único que tengo que hacer es matar a ese tipo y todos comprenderéis lo necios que habéis sido.» Obviamente, no lo comentó en presencia de Zeus, pues su plan consistía en entrar a hurtadillas en el cuero de huéspedes, sorprenderle desprevenido y apuñalarle.
No era ésta, sin embargo, la peor parte de su plan. Quería que su invitado se corrompiera la boca y el estómago ingiriendo alimentos prohibidos, y él mismo tenía también intención de probarlos para recrearse en el mal, para llevar a cabo el más abominable de los actos como desafío a lo dioses. Licaón tenía cautivo en una de sus celdas a un prisionero, un rehén cuya vida debía hacer considerado sagrada, pero a Licaón poco le importaba el trato que recibieran los rehenes. Muy al contrario, degolló al prisionero y lo descuartizó. Luego utilizó varias partes del cuerpo para el asado y reservó otras para el estofado. El propio Licaón preparó la comida y sirvió los platos en la mesa, acompañándolos de pan reciente y vino. Algunos sostienen que la carne que Licaón sirvió a su invitado era la de un bebé al que había matado; y, lo que es aún más terrible, ciertos relatos afirman que se trataba de su hijo (Níctimo).
Enfurecido, Zeus tiró de inmediato la carne que había sobre la mesa y lanzó su rayo a los aires contra los muros del palacio. Se derrumbaron tejados y paredes, y el fuego devoró el edificio. Licaón fue lo bastante rápido para escapar de las llamas, pero la venganza de Zeus le persiguió en su huida hacia el campo. Mientras corría, intentaba gritar para pedir ayuda, pero en lugar de palabras humanas, de su boca salían gruñidos y aullidos. La ropa que llevaba empezó a rasgarse y a desprender del cuerpo a medida que éste cambiaba de forma. Ya no podía correr como un hombre, pues los brazos se le estaban transformando en finas patas; de su piel brotaba un grueso pelaje; las orejas se le alargaban, y la boca le sobresalía hasta formar un hocico. Zeus había transformado a Licaón en un lobo. No obstante, incluso como lobo seguía siendo el mismo Licaón sanguinario. Siguió alimentándose de las ovejas y las cabras de Arcadia, su boca siguió babeando y en sus ojos siguió refulgiendo la pasión por matar. 


Licaón se transforma en lobo, de Bernard Picart (1673 - 1733). 
Algunas versiones del mito afirman que la falta de respeto de Licaón
hacia Zeus provocó el plan de Zeus de destruir el mundo con
el diluvio en la era de Deucalión. 

Licaón como hombre lobo
El nombre de Licaón está asociado a la acepción griega
clásica de
«lobo», lykos, y su metamorfosis es un ejemplo de
licantropía (de los términos griegos
lykos y ánthrõpos, que
significa «ser humano»). Los licántropos, más comúnmente
llamados «hombres lobo», muestran una clara preferencia
por la carne humana, en especial por la de los bebés. El mito
del banquete de Licaón ofrece un excelente ejemplo del
licántropo como caníbal., si bien en este caso el hecho de
ofrecer carne humana tiene lugar antes de su transformación
en lobo. En a literatura y el cine, los hombres lobo suelen
mutar entre la forma humana y la animal constantemente, a
menudo coincidiendo con la luna llena. Licaón es un licántropo
insólito en este sentido, ya que sólo muta una vez
y de manera irreversible. 


El diluvio

- Relatos de Zeus

Tras los horrores acontecidos en el banquete de Licaón, Zeus decidió que toda la humanidad merecía morir. Los demás dioses pensaban ansiosos en sus templos y festividades. ¿Quién podía asegurar que el dulce aroma del sacrificio seguiría ascendiendo hasta el monte Olimpo si no quedan seres humanos? ¿Quién iba a rendir culto entonces a los dioses? Pero Zeus prometió que la raza humana no se extinguiría por completo. Buscaría la manera de dar vida a una nueva generación de seres humanos, individuos que serían convenientemente respetuosos para con los dioses y se esmerarían en observar todas las festividades con sus respectivos rituales. 
Zeus se apostó en el monte Olimpo con el rayo en la mano y eligió a su primer objetivo. Estaba apunto de arrojarlo en dirección al mercado de la ciudad más próxima cuando recordó la profecía según el cual el mundo estaba predestinado a sucumbir en llamas. Depositó a un lado su arma con sumo cuidado, pues lo que él deseaba era limpiar el mundo, no destruirlo. «Que las aguas lleven a término mi venganza y luego decrezcan - ordenó - para que la vida pueda regresar una vez más.» Al tiempo que hablaba, los vientos empezaron a soplar y a formar una tempestad. El viento del Sur congregó nubes negruzcas que descargaron lluvia sobre la tierra. Los cultivos quedaron arrasados; aquel año, toda la humanidad sufriría hambruna. Pero Zeus no quedó satisfecho con esta venganza. No sólo quería herir a la conflictiva raza humana, sino que además quería ahogarla en su mayor parte. 
Llamó a su hermano Poseidón, señor del mar. Poseidón ordenó a todos los ríos y arroyos del mundo que se desbordaran y después sacudió la superficie de la tierra con su tridente. En ocasiones se conoce a Poseidón como «agitador de la Tierra», y aquel día la sacudió hasta que ésta se resquebrajó y las aguas penetraron en ella. Olas gigantescas rompieron contra la tierra y barrieron ciudades. Ningún templo, ningún palacio soportó el envite de la rugiente marea. Los límites entre la tierra y el agua dejaron de existir; no quedó refugio en tierra firme, y todos aquellos que intentaron esquivar la tempestad refugiándose en barcos acabaron muriendo de inanición en alta mar. 


Deucalión y el diluvio, de J. Briot (1610). 
Hay quien cree que el principal motivo por el que Zeus quería destruir a la
humanidad era la inquietud que le provocaba que muchos dioses siguieran
teniendo hijos con mortales y otorgaran así más poder a los seres humanos. 


Deucalión y Pirra

Prácticamente todos los seres humanos habían fallecido. Tan sólo dos personas, Deucalión y Pirra, seguían con vida, a bordo de una pequeña barca en mitad del océano. Zeus sabía que si la raza humana debía sobrevivir, tenía que perdonarles la vida a ambos. Deucalión era hijo de Prometeo, y Pirra era hija de Epimeteo y Pandora, pero no eran ni desobedientes ni necios. De hecho, eran los mejores seres humanos y se mostraban siempre prestos a honrar a los dioses. Serían los padres idóneos para la nueva raza de seres humanos. 
Poco a poco, el océano fue calmándose y los picos de las montañas más elevadas comenzaron a asomar. A medida que la gran inundación remitía, las dos cumbres del monte Parnaso, que antes de la inundación se erguían lo bastante en el cielo para horadar las nubes, horadaban en ese momento la superficie del océano, y la pequeña embarcación flotaba entre ambas. Lo primero que hicieron Deucalión y Pirra fue dar las gracias a os dioses del monte Parnaso y suplicar ayuda, pues eran testigos de cómo las aguas bajaban y la montaña volvía a lucir inmensa. 
Desde su posición ventajosa en lo alto de la montaña, Deucalión y Pirra tenían una amplia vista del campo. Observaron cómo los ríos empezaban a fluir de nuevo en sus cursos y los árboles se sacudían el barro de las hojas. Vieron después el templo de Temis en ruinas, pero ni un solo indico más de que la Tierra hubiera estado habitada por seres humanos en alguna ocasión. 
Se apresuraron a descender hasta el río Cefiso y rociaron gotas de sus aguas en sus ropas y sus cabellos húmedos, en señal de respeto a la diosa. A continuación se arrodillaron cerca del templo, orando y rogando para que Temis los ayudara a rescatar a la raza humana y preservarla de la extinción total. 
Temis era una diosa amable que además poseía una notable habilidad para predecir el futuro. Así, anunció a Deucalión y a Pirra lo siguiente: «Debéis alejaros del templo, con la cabeza cubierta por un velo y ropa holgada, arrojando a vuestra espalda los huesos de vuestra madre». A Pirra le horrorizó la idea de hurgar en el sepulcro de su madre y desperdigar sus huesos, pero luego recordó que los oráculos solían emplear enigmas al hablar. Con la ayuda de Deucalión, descifró las instrucciones de la diosa. «El oráculo jamás nos diría que hiciésemos algo que pudiera ofender a los dioses. dijo Deucalión -. La madre a la que hace referencia podría ser la gran madre de todo, Gea, diosa de la tierra, y los huesos de la madre bien podrían ser las pierdas que encontramos en el suelo a nuestro paso.»
Ni Deucalión ni Pirra estaban seguros de si aquello era lo que realmente había querido decir el oráculo, pero no se les ocurría mejor interpretación de las palabras. Con la cabeza cubierta y vestidos con ropa holgada, cogieron piedras del fangoso suelo y empezaron a alejarse del templo. A cada paso que daban arrojaban una o dos piedras tras de sí. Al caer de nuevo sobre el barro, las piedras empezaban a cambiar de forma y aumentar de tamaño. Poco a poco iban adquiriendo la apariencia de estatuas talladas en mármol; después parecían estatuas de tamaño natural, y por último, comenzaban a desprender calor y a respirar. Cada una de las piedras que Pirra arrojó a su espalda se convirtió en una mujer, y cara piedra que arrojó Deucalión tras de sí se convirtió en un hombre. Esto explica por qué los pueblos de la tierra son fuertes y duros: porque su origen son las piedras, fuertes y duras, del Parnaso. 



Deucalión y Pirra, de P. P. Rubens (1636-1637)



  • Fragmentos extraídos de: Metamorfosis, Libro primero - Ovidio, poeta romano del VII d. C.


El concilio de los dioses (I)

Lo cual el padre cuando vio, el Saturnio, en su supremo recinto,

gime hondo, y, todavía no divulgados por recién cometidos,

165 los impuros banquetes recordando de la mesa de Licaón,

ingentes en su ánimo y dignas de Júpiter concibió unas iras,

y el consejo convoca; no retuvo demora ninguna a los convocados.

Hay una vía sublime, manifiesta en el cielo sereno:

Láctea de nombre tiene, por su candor mismo notable.

170 Por ella el camino es de los altísimos hacia los techos del gran Tonante

y su real casa: a derecha e izquierda los atrios

de los dioses nobles van concurriéndose por sus compuertas abiertas,

la plebe habita otros, por sus lugares opuestos: en esta parte los poderosos

celestiales y preclaros pusieron sus penates.

175 Éste lugar es, al que, si a las palabras la audacia se diera,

yo no temería haber llamado los Palacios del gran cielo.

Así pues, cuando los altísimos se sentaron en su marmóreo receso,

más excelso él por su lugar, y apoyado en su cetro marfileño,

terrorífica, de su cabeza sacudió tres y cuatro veces

180 la cabellera, con la que la tierra, el mar, las estrellas mueve;

de tales modos después su boca indignada libera:

“No yo por el gobierno del cosmos más ansioso en aquella

ocasión estuve, en la que cada uno se disponía a lanzar,

de los angüípedes, sus cien brazos contra el cautivo cielo,

185 pues aunque fiero el enemigo era, aun así, aquélla de un solo

cuerpo y de un solo origen pendía, aquella guerra;

ahora yo, por doquiera Nereo rodeándolo hace resonar todo el orbe,

al género mortal de perder he: por las corrientes juro

infernales, que bajo las tierras se deslizan a la estigia floresta,

190 que todo antes se ha intentado, pero un incurable cuerpo

a espada se ha de sajar, por que la parte limpia no arrastre.

Tengo semidioses, tengo, rústicos númenes, Ninfas

y Faunos y Sátiros y montañeses Silvanos,

a los cuales, puesto que del cielo todavía no dignamos con el honor,

195 las que les dimos ciertamente, las tierras, habitar permitamos.

¿O acaso, oh altísimos, que bastante seguros estarán ellos creéis,

cuando contra mí, que el rayo, que a vosotros os tengo y gobierno,

ha levantado sus insidias, conocido por su fiereza, Licaón?”

Murmuraron todos, y con afán ardido al que osó

200 tal reclaman: así, cuando una mano impía se ensañó

con la sangre de César para extinguir de Roma el nombre,

atónito por el gran terror de esta súbita ruina

el humano género queda y todo se horrorizó el orbe,

y no para ti menos grata la piedad, Augusto, de los tuyos es

205 que fue aquélla para Júpiter. El cual, después de que con la voz y la mano

los murmullos reprimió, guardaron silencios todos.

Cuando se detuvo el clamor, hundido del peso del soberano,

Júpiter de nuevo con este discurso los silencios rompió:


Licaón

“Él, ciertamente, sus castigos –el cuidado ese perded– ha cumplido.

210 Mas qué lo cometido, cuál sea su satisfacción, os haré saber.

Había alcanzado la infamia de ese tiempo nuestros oídos;

deseándola falsa desciendo del supremo Olimpo

y, dios bajo humana imagen, lustro las tierras.

Larga demora es de cuánto mal se hallaba por todos lados

215 enumerar: menor fue la propia infamia que la verdad.

El Ménalo había atravesado, por sus guaridas horrendo de fieras,

y con Cilene los pinares del helado Liceo:

del Árcade a partir de ahí en las sedes, y en los inhóspitos techos del tirano

penetro, cuando traían los tardíos crepúsculos la noche.

220 Señales di de que había llegado un dios y el pueblo a suplicar

había empezado: se burla primero de esos piadosos votos Licaón,

luego dice: “Comprobaré si dios éste o si sea mortal

con una distinción abierta, y no será dudable la verdad.”

De noche, pesado por el sueño, con una inopinada muerte a perderme

225 se dispone: tal comprobación a él le place de la verdad.

Y no se contenta con ello: de un enviado de la nación

molosa, de un rehén, su garganta a punta tajó

y, así, semimuertos, parte en hirvientes aguas

sus miembros ablanda, parte los tuesta, sometiéndolos a fuego.

230 Lo cual una vez impuso a las mesas, yo con mi justiciera llama

sobre unos penates dignos de su dueño torné sus techos.

Aterrado él huye y alcanzando los silencios del campo

aúlla y en vano hablar intenta; de sí mismo

recaba su boca la rabia, y el deseo de su acostumbrada matanza

235 usa contra los ganados, y ahora también en la sangre se goza.

En vellos se vuelven sus ropas, en patas sus brazos:

se hace lobo y conserva las huellas de su vieja forma.

La canicie la misma es, la misma la violencia de su rostro,

los mismos ojos lucen, la misma de la fiereza la imagen es.

240 Cayó una sola casa, pero no una casa sola de perecer

digna fue. Por doquiera la tierra se expande, fiera reina la Erinis.

Para el delito que se han conjurado creerías; cumplan rápido todos,

los que merecieron padecer, así consta mi sentencia, sus castigos.”


El concilio de los dioses (II)

Las palabras de Júpiter parte con su voz, murmurando, aprueban e incitamentos

245 añaden. Otros sus partes con asentimientos cumplen.

Es, aun así, la perdición del humano género causa de dolor

para todos, y cuál habrá de ser de la tierra la forma,

de los mortales huérfana, preguntan, quién habrá de llevar a sus aras

inciensos, y si a las fieras, para que las pillen, se dispone a entregar las tierras.

250 A los que tal preguntaban –puesto que él se preocuparía de lo demás–

el rey de los altísimos turbarse prohíbe, y un brote al anterior

pueblo desemejante promete, de origen maravilloso.


El diluvio

Y ya iba sobre todas las tierras a esparcir sus rayos;

pero temió que acaso el sagrado éter por causa de tantos fuegos

255 no concibiera llamas, y que el lejano eje ardiera.

Que está también en los hados, recuerda, que llegará un tiempo

en el que el mar, en el que la tierra y arrebatados los palacios del cielo

ardan y del mundo la mole, afanosa, sufra.

Esas armas vuelven a su sitio, por manos fabricadas de los Cíclopes:

260 un castigo place inverso, al género mortal bajo las ondas

perder, y borrascas lanzar desde todo el cielo.

En seguida al Aquilón encierra en las eolias cavernas,

y a cuantos soplos ahuyentan congregadas a las nubes,

y suelta al Noto: con sus mojadas alas el Noto vuela,

265 su terrible rostro cubierto de una bruma como la pez:

la barba pesada de borrascas, fluye agua de sus canos cabellos,

en su frente se asientan nieblas, roran sus alas y senos.

Y cuando con su mano, a lo ancho suspendidas, las nubes apretó,

se hace un fragor: entonces densas se derraman desde el éter las borrascas.

270 La mensajera de Juno, de variados colores vestida,

concibe, Iris, aguas, y alimentos a las nubes allega:

póstranse los sembrados, y llorados por los colonos

sus votos yacen, y perece el trabajo frustrado de un largo año.

Y no al cielo suyo se limitó de Júpiter la ira, sino que a él

275 su azul hermano le ayuda con auxiliares ondas.

Convoca éste a los caudales. Los cuales, después de que en los techos

de su tirano entraron: “Una arenga larga ahora de usar”,

dice, “no he: las fuerzas derramad vuestras.

Así menester es. Abrid vuestras casas y, la mole apartada,

280 a las corrientes vuestras todas soltad las riendas.”

Había ordenado; ellos regresan, y de sus fontanas las bocas relajan,

y en desenfrenada carrera ruedan a las superficies.

Él mismo con el tridente suyo la tierra golpeó, mas ella

tembló y con su movimiento vías franqueó de aguas.

285 Desorbitadas se lanzan por los abiertos campos las corrientes

y, con los sembrados, arbustos al propio tiempo y rebaños y hombres

y techos, y con sus penetrales arrebatan sus sacramentos.

Si alguna casa quedó y pudo resistir a tan gran

mal no desplomada, la cúpula, aun así, más alta de ella,

290 la onda la cubre, y hundidas se esconden bajo el abismo sus torres.

Y ya el mar y la tierra ninguna distinción tenían:

todas las cosas ponto eran, faltaban incluso litorales al ponto.

Ocupa éste un collado, en una barca se sienta otro combada

y lleva los remos allí donde hace poco arara.

295 Aquél sobre los sembrados o las cúpulas de una sumergida villa

navega, éste un pez sorprende en lo alto de un olmo;

se clava en un verde prado, si la suerte lo deja, el ancla,

o, a ellas sometidos, curvas quillas trillan viñedos,

y por donde hace poco, gráciles, grama arrancaban las cabritas,

300 ahora allí deformes ponen sus cuerpos las focas.

Admiran bajo el agua florestas y ciudades y casas

las Nereides, y las espesuras las poseen los delfines y entre sus altas

ramas corren y zarandeando sus troncos las baten.

Nada el lobo entre las ovejas, bermejos leones lleva la onda,

305 la onda lleva tigres, y ni sus fuerzas de rayo al jabalí,

ni sus patas veloces, arrebatado, sirven al ciervo,

y buscadas largo tiempo tierras donde posarse pudiera,

al mar, fatigadas sus alas, el pájaro errante ha caído.

Había sepultado túmulos la inmensa licencia del ponto,

310 y batían las montanas cumbres unos nuevos oleajes.

La mayor parte por la onda fue arrebatada: a los que la onda perdonó,

largos ayunos los doman, por causa del indigente sustento.


Deucalión y Pirra

Separa la Fócide los aonios de los eteos campos,

tierra feraz mientras tierra fue, pero en el tiempo aquel

315 parte del mar y ancha llanura de súbitas aguas.

Un monte allí busca arduo los astros con sus dos vértices,

por nombre el Parnaso, y superan sus cumbres las nubes.

Aquí cuando Deucalión –pues lo demás lo había cubierto la superficie–

con la consorte de su lecho, en una pequeña balsa llevado, se aferró,

320 a las corícidas ninfas y a los númenes del monte oran

y a la fatídica Temis, que entonces esos oráculos tenía:

no que él mejor ninguno, ni más amante de lo justo,

hombre hubo, o que ella más temerosa ninguna de los dioses.

Júpiter, cuando de fluentes lagos que estaba empantanado el orbe,

325 y que quedaba un hombre de tantos miles hacía poco, uno,

y que quedaba, ve, de tantas miles hacía poco, una,

inocuos ambos, cultivadores de la divinidad ambos,

las nubes desgarró y, habiéndose las borrascas con el aquilón alejado,

al cielo las tierras mostró, y el éter a las tierras.

330 Tampoco del mar la ira permanece y, dejada su tricúspide arma,

calma las aguas el regidor del piélago, y al que sobre el profundo

emerge y sus hombros con su innato múrice cubre,

al azul Tritón llama, y en su concha sonante

soplar le ordena, y los oleajes y las corrientes ya

335 revocar, su señal dando: su hueca bocina toma él,

tórcil, que en ancho crece desde su remolino inferior,

bocina, la cual, en medio del ponto cuando concibió aire,

los litorales con su voz llena, que bajo uno y otro Febo yacen.

Entonces también, cuando ella la boca del dios, por su húmeda barba rorante,

340 tocó, y cantó henchida las ordenadas retretas,

por todas las ondas oída fue de la tierra y de la superficie,

y por las que olas fue oída, contuvo a todas.

Ya el mar litoral tiene, plenos acoge el álveo a sus caudales,

las corrientes se asientan y los collados salir parecen.

345 Surge la tierra, crecen los lugares al decrecer las ondas,

y, después de día largo, sus desnudadas copas las espesuras

muestran y limo retienen que en su fronda ha quedado.

Había retornado el orbe; el cual, después de que lo vio vacío,

y que desoladas las tierras hacían hondos silencios,

350 Deucalión con lágrimas brotadas así a Pirra se dirige:

“Oh hermana, oh esposa, oh hembra sola sobreviviente,

a la que a mí una común estirpe y un origen de primos,

después un lecho unió, ahora nuestros propios peligros unen,

de las tierras cuantas ven el ocaso y el orto

355 nosotros dos la multitud somos: posee lo demás el ponto.

Esta tampoco todavía de la vida nuestra es garantía

cierta bastante; aterran todavía ahora nublados nuestra mente.

¿Cuál si sin mí de los hados arrebatada hubieras sido

ahora tu ánimo, triste de ti, sería? ¿De qué modo sola

360 el temor soportar podrías? ¿Con consuelo de quién te dolerías?

Porque yo, créeme, si a ti también el ponto te tuviera,

te seguiría, esposa, y a mí también el ponto me tendría.

Oh, ojalá pudiera yo los pueblos restituir con las paternas

artes, y alientos infundir a la conformada tierra.

365 Ahora el género mortal resta en nosotros dos

–así pareció a los altísimos– y de los hombres como ejemplos quedamos.”

Había dicho, y lloraban; decidieron al celeste numen

suplicar y auxilio por medio buscar de las sagradas venturas.

Ninguna demora hay: acuden a la par a las cefísidas ondas,

370 como todavía no líquidas, así ya sus vados conocidos cortando.

De allí, cuando licores de él tomados rociaron

sobre sus ropas y cabeza, doblan sus pasos hacia el santuario

de la sagrada diosa, cuyas cúspides de indecente

musgo palidecían, y se alzaban sin fuegos sus aras.

375 Cuando del templo tocaron los peldaños se postró cada uno

inclinado al suelo, y atemorizado besó la helada roca,

y así: “Si con sus plegarias justas”, dijeron, “los númenes vencidos

se enternecen, si se doblega la ira de los dioses,

di, Temis, por qué arte la merma del género nuestro

380 reparable es, y presta ayuda, clementísima, a estos sumergidos estados.”

Conmovida la diosa fue y su ventura dio: “Retiraos del templo

y velaos la cabeza, y soltaos vuestros ceñidos vestidos,

y los huesos tras vuestra espalda arrojad de vuestra gran madre.”

Quedaron suspendidos largo tiempo, y rompió los silencios con su voz

385 Pirra primera, y los mandatos de la diosa obedecer rehúsa,

y tanto que la perdone con aterrada boca ruega, como se aterra

de herir, arrojando sus huesos, las maternas sombras.

Entre tanto repasan, por sus ciegas latencias oscuras,

las palabras de la dada ventura, y para entre sí les dan vueltas.

390 Tras ello el Prometida a la Epimetida con plácidas palabras

calma, y: “O falaz”, dice, “es mi astucia para nosotros,

o –píos son y a ninguna abominación los oráculos persuaden–

esa gran madre la tierra es: piedras en el cuerpo de la tierra

a los huesos calculo que se llama; arrojarlas tras nuestra espalda se nos ordena.”

395 De su esposo por el augurio aunque la Titania se conmovió,

su esperanza, aun así, en duda está: hasta tal punto ambos desconfían

de las celestes admoniciones. Pero, ¿qué intentarlo dañará?

Se retiran y velan su cabeza y las túnicas se desciñen,

y las ordenadas piedras tras sus plantas envían.

400 Las rocas –¿quién lo creería, si no estuviera por testigo la antigüedad?–

a dejar su dureza comenzaron, y su rigor

a mullir, y con el tiempo, mullidas, a tomar forma.

Luego, cuando crecieron y una naturaleza más tierna

les alcanzó, como sí semejante, del mismo modo manifiesta parecer no puede

405 la forma de un humano, sino, como de mármol comenzada,

no terminada lo bastante, a las rudas estatuas muy semejante era.

La parte aun así de ellas que húmeda de algún jugo

y terrosa era, vuelta fue en uso de cuerpo.

Lo que sólido es y doblarse no puede, se muta en huesos,

410 la que ahora poco vena fue, bajo el mismo nombre quedó;

y en breve espacio, por el numen de los altísimos, las rocas

enviadas por las manos del hombre la faz tomaron de hombres,

y del femenino lanzamiento restituida fue la mujer.

De ahí que un género duro somos y avezado en sufrimientos

415 y pruebas damos del origen de que hemos nacido.

A los demás seres la tierra con diversas formas

por sí misma los parió después de que el viejo humor por el fuego

se caldeó del sol, y el cieno y los húmedos charcos

se entumecieron por su hervor, y las fecundas simientes de las cosas,

420 por el vivaz suelo nutridas, como de una madre en la matriz

crecieron y faz alguna cobraron con el pasar del tiempo.

Así, cuando abandonó mojados los campos el séptuple fluir

del Nilo, y a su antiguo seno hizo volver sus corrientes,

y merced a la etérea estrella, reciente, ardió hasta secarse el limo,

425 muchos seres sus cultivadores al volver los terrones

encuentran y entre ellos a algunos apenas comenzados, en el propio

espacio de su nacimiento, algunos inacabados y truncos

los ven de sus proporciones, y en el mismo cuerpo a menudo

una parte vive, es la parte otra ruda tierra.

430 Porque es que cuando una templanza han tomado el humor y el calor,

conciben, y de ellos dos se originan todas las cosas

y, aunque sea el fuego para el agua pugnaz, el vapor húmedo todas

las cosas crea, y la discorde concordia para las crías apta es.

Así pues, cuando del diluvio reciente la tierra enlodada

435 con los soles etéreos se encandeció y con su alto hervor,

dio a luz innumerables especies y en parte sus figuras

les devolvió antiguas, en parte nuevos prodigios creó.



Bibliografía:


Mitos del mundo, Tony Allan. Editorial BLUME. 

Diccionario de Mitologia Griega y Romana, Pierre Grimal. Editorial Paidós. 

Mitología, todos los mitos y leyendas del mundo, RBA


Web-grafía:


http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Cuadros_de_Peter_Paul_Rubens

http://ovidmeta.jp/search/p/search.php?BookId=1#book_card